sábado, 15 de agosto de 2009

I´m Yours in MDQ (II)



Abrí la puerta del depto y me sentí cual manteca en heladera: me estaba poniendo cada vez más dura. La portera debe estar padeciendo algún tipo de sordera asociativa: en vez de las estufas, me había encendido el calefón. Rauda, antes de que el congelamiento atacara mis pocas neuronas activas, emprendí la lucha cuerpo a escafandra con la vieja emegé del living. Dado que hacía el mismo frío fuera que dentro, y mi estómago maullaba cual gato en celo, desandé por Mitre las cinco cuadras que me separan del centro.

Mar del Plata es uno de los pocos lugares en el mundo, donde estar sin auto, no me causa ataque de pánico. Eran las nueve y media de la noche. Me dispuse a distraerme con mi MP4… y me percaté que me había olvidado los auriculares. Compré unos en el shopping, una hamburguesa en Mc Donlad’s , un buen malbec en una rotisería, cigarrillos, chocolates y volví al depto diez y media. Fantástico. Todo lo que necesitaba para pasar la noche sola en casa. Un punto más para La Feliz. En que otro lugar del mundo uno encuentra todo eso en solo una hora y rozando la medianoche?

El calor había ganado el ambiente… solo faltaba dejar entrar la luna marina. Apagué las luces, corrí las cortinas, me serví una copa, un pucho y a mirar el mar. Mi mente inquieta no tolera mucho los instantes contemplativos, así que enseguida empecé a discutir conmigo si me rendía a las aventuras de Langone o a mi propia imaginación en la notebook. Ganó lo primero. Maldición, soy fácilmente sobornable conmigo misma. En medio de mi lectura me llamó Nina y luego Flavia. Mis dos amigas que velan por mi bienestar a la lejanía. Hablé con mis hijas, preocupada porque era la primera vez que se quedaban solas en casa… estaban más que felices. Cerca de las doce, me ganó el run run marino, el tinto en la sangre y me fui a dormir. Venía de meses de acostarme 3 de la mañana y levantarme a las siete ininterrumpidamente.

Las diez me despertaron con sol y cielo despejado. Fiel a mi estilo deportista que solo se espabila en La Feliz, me apilé todo el guardarropas y salí a correr… y entré nuevamente a sacarme capas cual super héroe acalorado. Munida de vincha para sostener en su lugar los auriculares, me lancé a los confines marplatenses bordeando la costa, que amable, guardó el viento en la arena para hacerme gozar el paisaje sin empujones. Con Bublé y Jason Mraz susurrándome al oído, llegué casi sin darme cuenta a cinco kilómetros de mi hogar. El premio? Volver por la playa, caminando lento, descalza y en musculosa.

Es extraña esta ciudad. Durante muchos años la amé con locura. Después la odié con la misma pasión. Mi empobrecido bolsillo, después de mi separación, hizo que tuviera que cambiar Mar de las Pampas por MDQ otra vez. Volví este año con menos ganas que dinero, pero es la cuarta vez que me atrapa este año. Fin de año con amigos y Nina, caipirinhas e hijos, luego vacaciones en las extensas playas de La Morocha con Sandra y familia… Semana Santa con un efímero y divertido amor localista y este finde sola… la ciudad, el mar y yo arreglando asuntos pendientes.

La tarde me encontró recostada en una roca de amable inclinación justo enfrente de casa y mis pies felices ahuecando la arena. El clima acorde cual publicidad de Quilmes, el mar planchado como las sábanas de hilo egipcio de la abuela, el cielo con el color que mis ojos envidian, y el sol hermanándome en mi nombre. Solo me faltaba un faso y un vino. A cambio, tenía música y fruta. Todo no se puede. Gente a más de 50 razonables metros, perros cuzcos histéricos acallados por el volumen de mi música y el libro esperando en mi mochila. La batería de mi mp4 dio la alarma para girar sobre mi misma, ponerme de espaldas a Febo y rendirme a la divertida escritura de Gustavo Guerchi que rehúye a su identidad a cambio de su alter ego Pato Langone. Más risas y una brisa que me recordó el buzo que usé de almohada.

Ducha y derechito a Güemes caminando. La bodeguita del medio casi casi que me seduce con un tequila… al que renuncié en pos de volver a casa y rendirme a escribir.

El domingo fue como un bis deseado y de yapa. La vuelta, sin sobresaltos. Buenos Aires, igual de iluminada, celosa y despejada. Mis hijas, hermosas, amadas y con la casa limpia, me esperaban en casa. Gracias, Mar del Plata, una vez más, por acariciar mi alma, aunque sea, un ratito, en pleno invierno y con clima de amigos entrañables. Ganaste mi corazón de por vida.

I’m yours:)



Llegué a aeroparque 45’ antes de la partida. Amo los aeropuertos. Todo huele bien, el clima es agradable, la gente de buen humor, los que atienden impecables. Volar, en todas sus formas, me encanta. Despaché el equipaje y me dispuse a pasear por ahí.

Hay una sucursal de Yenny que no recordaba haber visto antes en el pre embarque. Recordé que un amigo de Match a quien aún no conocía en persona, había escrito un libro que no encontré en las sucursales que lo busqué. Venía con buena estrella, así que decidí probar. Tenía lectura para el fin de semana, pero mis ganas de divertirme fueron más fuertes. Había intercambiado un par de mails con él y realmente escribía muy ácido y bien. Era de los míos. Bah, era mejor que yo sin dudas. Pero no recordaba su nombre ni el del libro.

Solamente que el personaje se llamaba Pato Langone y así lo tenía en el celular. Lo llamé. Me atendió. No le dije ni hola, creo, solamente “cómo se llama tu libro?”… silencio. Después de unos segundos me dice “te lo puedo regalar si querés”. Pensé “a menos que estés en aeroparque munido del libro, no gracias”. Pero me limité a decir “Daleeee, decime como se llama, estoy acá en la librería y con el avión a punto de salir!”. De mala gana, me dijo “Ahora me toca a mí”.

Corté sin más y me dirigí al librero sin intenciones de perder tiempo. Le dije el nombre del libro, me miró con cara de “no se si existe”. Estaba claro que no era un best seller. “Estoy segura que lo tenés, buscalo”, le ordené. “Como se llama el autor?” “No sé. Si me lo decís me voy a acordar.” “Es una mujer?” A menos que se haya travestido y pasado una lija por las cuerdas vocales creo que no, pensé. “No”. Buscó en la maldita PC y me dice: hay uno!!!! Decime donde puede estar y lo busco. Lo encontré al toque. Me fui feliz una vez más en el día.

Cuando me disponía a sentarme vi la perfumería a modo de free shop pero con impuestos. Los perfumes ejercen sobre mí una atracción fatal. Me deleité un rato pero después pensé: mejor se lo pido a Adri que tiene que viajar a Brasil por laburo. L’eau par Kenzo es mi favorito y me dura menos que una botella de Coca.

Me alejé de la tentación y me dispuse a esperar leyendo el libro. Ya en la primera página me cagué de risa. No me había equivocado. En la contratapa rezaba: “Si se animó a vivir en la Argentina, no podrá dejar de leer este Best Seller” Estaba claro que no había resultado tal. Pero debería serlo. Misterios de la bibliografía. La gente que había alrededor me miraba intrigada. No me importó. Me reía sonoramente. No lo esquivo a curvar los labios y el onomatopéyico ja ja ja, cualquier pelotudez me causa gracia, pero el tipo era genial.

Me puso un poco de mal talante cuando escuché a la mina con voz de orgasmo que anunciaba mi vuelo. Me reanimó el hecho de estar más cerca de un fin de semana sola en la feliz obviando la ruta. Me encanta manejar de noche y sola, pero mi ansiedad piensa otra cosa. No pude evitarla, de todos modos. La despertó un boludo que no acertaba a encajar su equipaje en el mínimo recoveco y demoró toda la fila. Detesto subir y bajar del avión con toda esa gente parsimoniosa. De buen grado empujaría cual barra brava y caminaría sobre los asientos para bajar o subir primera. Pero no sería bien vista, eso está claro. El tarado no entendía el lenguaje universal del bufido fuerte y sonoro. O no le importó. Daba lo mismo.

Finalmente me senté en la ventanilla 5F. Amo ver la ciudad desde arriba. Todo parece puesto para una fiesta y solo para mí. Desde el aire no se ve la mugre, ni la indigencia, ni el tráfico, ni los chorros. El despegue es un orgasmo. Unas putas nubes desubicadas no me dejaron deleitarme más allá de cinco minutos. Recordé el libro. Lo saqué de la mochila mientras la azafata, cual mimo en desuso, sacaba la mascarilla y hacía señas para mudos que no le importaban a nadie.

A los 20 minutos el avión se empezó a sacudir un poco. Qué bueno, siempre me habían tocado vuelos aburridos. Si se estrellaba, al menos iba a salir en los diarios. Espero que mis amigos recordaran la promesa que me hicieron de hacer una fiesta en mi velorio, con chistes, canciones y un lunch con buen tinto. Había estado leyendo un libro que se llama “Muchas vidas, muchos maestros” y trata sobre la reencarnación. Me entusiasmaba la idea de pasar al level two y encontrarme con los maestros… a ver que tenían para decirme.

La chica que viajaba al lado mío no compartía mi mortuorio parecer. Se empezó a poner nerviosa y me dice “tengo pánico”. Ya me di cuenta, pensé. Respiraba profundo y agitada, sostenía el apoya brazos como si fuera un resto del Titanic y necesitaba imperiosamente expresarlo en voz alta. Me compadecí un poco, a pesar que me distrajo de mi lectura y pensamientos. Tres tareas para una mujer es mucho. “Hacé de cuenta que vas por el empedrado en un Citroen 3CV modelo 70” le dije. Se sonrió a medias. El avión se estabilizó otra vez, para su suerte. No tenía ganas de hacer sociales así que seguí enfrascada en mi lectura. Si buscaba cómplice para sumar miedos, se equivocó.

Llegamos al aeropuerto y tomé el primer taxi que vi. Un Duna con empirismo oxidado. El pasado del chofer tampoco parecía bueno, a juzgar por su look. Luché con la puerta trasera que parece un botón de inodoro por la profundidad que hay que aplicar en la presión. Le dije “Patricio Peralta Ramos e Hipólito Irigoyen.” “Qué?”
Ufa, no se llevaba bien con los personajes históricos. “La costa y Libertad” sintenticé. Rogaba que la portera de al lado hubiera escuchado el mensaje que le dejé pidiendo que me prendiera las estufas del depto. Hacía un frío digno de Ushuaia pero con humedad Marplatense y dudaba seriamente que al lavarropas tuneado de negro y amarillo le funcionara la calefacción. Gracias si podía dejarme en destino sana y salva.

El tipo encaró la ruta dos y siguió de largo en Constitución. Dónde me lleva este pelandrún con cara de secuestro? No me seducía la idea de rodar por el asfalto en primera instancia así que le pregunté “Por qué no doblaste?” “Es más seguro si voy por Libertad” Y más largo, pensé. “Aparte, hay menos semáforos”. Bueh, eso me convencía más. Pero a juzgar por el descampado circundante, y sus ojos con ganas de darme por el retrovisor, seguía sin sentirme para nada a gusto. Discutirle no me pareció una buena idea así que le dije “es que quería ver el mar!!!”. El émulo local de Bin Laden me respondió “Sos como China Zorrilla”. No me atreví a discutirle, la mina me encanta, pero está indudablemente más cerca que yo de verle la cara a los Maestros del más allá. A China Zorrilla también te la empomarías? Pedazo de pajero. Decidí, por mi bien, no manifestar mi clarividencia en voz alta.

Respiré por primera vez con placer cuando me dejó en la puerta de casa. MDQ me recibió con luna llena en el mar en el preciso instante que bajé. Esta puta ciudad parece un amante abandonado que intenta seducirme a toda costa. Desde que la cambié por Mar de las Pampas hace lo imposible por mostrarme sus encantos. A veces lo logra. Aunque sea un polvo de fin de semana.

Las Otras: La Loca


Nada como alejarse de todo y pasar un fin de semana en la costa… sola. Todo salió como en las películas pero sin macho a la vista.

Tal como se había planeado de antemano. El viernes laboral transcurrió sin mayores traspiés. A la mañana, auditoría a la Dirección de la empresa. Confieso, que después de la reunión de auditores con redacción del informe como programa de jueves, la cosa no pintaba bien. Discutí como loca en mis mejores épocas con mi amigo Beto, Responsable de Calidad, que se encaprichó en no levantar una No Conformidad a uno de los Directores de la Empresa. Terminé cerrando mi notebook como desquiciada, diciéndole que entonces, el informe y la auditoría pendiente a la Dirección vaya él, y que haga lo que carajo se le cante el orto. Volví después de una vuelta a la manzana y dos cigarrillos devorados cual incendio en estación de servicio.

Me senté nuevamente a la mesa, con cara de póker y reina ofendida en un solo gesto. Detestaba haber pasado por loca una vez más. Mis años de terapia, yoga y metafísica como bollo al tacho en dos segundos. Mi rol de auditora comprensiva e inmutable otra vez manchado cual libro con kétchup. Algo me decía que tampoco sería la última que Beto me saque de quicio en su rol inapelable de Hitler vernáculo pero rubio y sin bigote. Recité todos los epítetos descalificativos que se me ocurrieron, repetidamente cual lora desplumada durante toda la vuelta manzana. Encontré en la puerta de las oficinas a Javier, otro auditor cabrón y descreído como yo, en la misma situación. Pucho en la mano y cara de impotencia. Nos miramos de lejos y nos empezamos a reir a carcajadas.

Concluida la maldita reunión, bajé encomiada a mi notebook a imprimir evidencia para afrontar el viernes sin apelaciones de la contraparte. Encontré sobre mi escritorio, prolijamente colocado, un cartoncito que decía “feliz día del amigo” y un sobre con gel íntimo pegado a un costado. Me di vuelta para mirar a mi jefe, que me dice divertido, que me lo había obsequiado nuestro jefe común: el gerente comercial. Tampoco me animé a preguntarle para qué. El papel de boluda total me sale bien.

Al otro día, cuando bajé a saludar a Beto, me dice “soñé toda la noche con vos” Estuve tentada a preguntar qué, pero no se si quería enterarme. Nos reimos, le dije que lo quería igual -cosa realmente cierta-, y me fui con Javier a auditar a la dirección. Obvio que el informe incluyó el párrafo que él quería sacar, no como una no conformidad, sino como oportunidad de mejora, porque lo agregué a la noche cuando me envió el informe. Como suponía, al Director en cuestión, no le importó nada el punto controvertido y me dijo “hacé lo que quieras”. Batalla ganada en primera instancia. Salí feliz pero aún sin perdonarme “el desliz” del día anterior. Detesto perder los estribos, la montura y el caballo todo de un mismo saque.

Fui a almorzar con mis jefes y mi compañero de equipo. Cuando les estaba contando las novedades, entre risas y metiendo el bocadillo con calzador, el gerente comercial suelta sin más: “¿Cómo no se va a dar cuenta? Es como que vos no te des cuenta que te estoy tirando los perros”… mi jefe lo mira y le dice “volcaste”. Yo me rio, levanto las cejas, meneo la cabeza de un lado a otro y dejo que la charla siga sola. “Era una joda”, dice, como si hiciera falta aclarar la situación. Tercer “no quiero enterarme” en menos de 24 horas. No hacía falta. Básicamente por tres motivos: el gerente comercial me hace cagar de risa todos los días, está rematadamente loco y ni en pedo me metería con un compañero de trabajo… no más.

La tarde fue más que divertida, una de mis preferidas, para hacerme olvidar el mal trago del día anterior. Diego, mi jefe; Lean, mi compañero; Javi, Beto, Julio y Seba en mi oficina hablando de obscenidades en mi presencia. Algo habitual y que me encanta: que los hombres obvien que soy mujer y hablen como si estuvieran solos. A cada uno que entraba a la oficina atraído por las carcajadas, le espetaban sin más y ante el respetuoso silencio general: “a vos te calienta que dos minas se besen?” Seba fue el único que objetó y dijo: me da asco. Inmediatamente, ante el público hostil por su respuesta aclaró: bueno, si están en bolas, en una cama y están buenas es otra cosa, ahí sí”. Mentalmente pensaba: boludo, si están en bolas son travestis, no minas. Pero no dije nada.

En un momento Javi hizo el comentario de rigor: Che, está Sol, bajen un cambio. Mi jefe respondió sin dudarlo: Sol, a esta altura, es un pibe más. Gracias Diego! Lejos de ofenderme, lo banco. Esas charlas me proporcionan mucha info. Info al pedo, porque al momento de aplicarla, me va para el orto. Pero me divierten sobremanera y eso vale.

Como siempre sucede, todo comenzó con una charla seria: que harían si tuvieran un hijo puto. Diego soltó: lo cagaría a trompadas. Y ante mi mirada censora, acotó: yo tengo una teoría. A ver Freud, fue mi respuesta. La verdad, es que su teoría, para sus nulos conocimientos de psicología, era más que acertada. Recitó a Lacán como si fuera su discípulo sin nombrarlo. Inobjetable. El pibe es inteligente, además de mi ídolo. Bien por Diego. El concepto lacaniano en cuestión es que la función paterna debe sacar al hijo de las fauces abiertas del cocodrilo materno. El no lo expresó con esas exactas palabras, pero describió muy bien su función como padre.

Ahora, como derivó todo en las minas matándose, no lo recuerdo. Se hicieron las seis… mi avión me esperaba. Bajé a la cochera para sacar los petates del auto y disponerme a esperar el taxi. Me encontré con mi jefe y el gerente comercial. Raudo, baja del auto un paquetito de forros y me lo dá. Tampoco le pregunté para que tenía eso en el auto siendo casado con hijo. “Ya tengo, gracias”, “cuidate nena y pasala bien” fue su respuesta. Casi paternal. Mis compañeros me cuidan cual hija boba. No quería explicarle que planeaba pasarla sola y escribiendo. No hacía falta, no me iban a creer.


Las Otras: La Vieja


Quiero oir a un viejo que esté orgulloso de ser viejo. Que le gusten sus arrugas, que disfrute de la lentitud, que ame a su mujer, vieja, como él.

Quiero encontrar a un viejo que diga: yo quiero estar acá, justo donde estoy. En el final de mi vida. No quiero nada más.

Dejé de desear hace mucho tiempo. Por eso soy feliz. Ya no tengo deseo. Lo vivo. Nada más puede satisfacerme porque ya estoy satisfecho.

No voy a añorar este mundo, el pasado, ni a mi gente. Porque se que eso no puede quitármelo nadie. Lo he vivido. Lo he sufrido y lo he disfrutado hasta aquí. Pero ya no más.

Soy feliz. Solo un deseo; el último, como mortal:

Que después de esta, venga otra mejor. Quiero pasar al level two.

Quiero encontrar a un viejo, que esté orgulloso de ser viejo.

Quiero ser esa vieja.

miércoles, 22 de julio de 2009

Las Hechiceras de los jueves

Desde el Medioevo, a las reuniones de mujeres se las ha llamado despectivamente “noche de brujas”, y si no, pregúntenle a Juana de Arco, pionera de las estufas Longvie. Incluso en la “madre patria” de Lanata, hay un día al año destinado a tal fin.

Confieso que, fiel a la cultura misógina que transité años atrás, las reuniones femeninas no me resultaban particularmente atractivas hasta que las conocí a ellas.

Tenía ciertos prejuicios al respecto, ya que, pensaba yo, invariablemente los temas a tratar eran: chusmeríos de ausentes, quejas de los hombres de turno, de los niños, dietas y moda. Reconozco también, que allá por mis veintitantos, y habiendo conocido a mi cuñada de entonces, no me parecía para nada desacertado el término de “brujas”.

Así que, cuando Nina nos propuso a Flavia y a mi reunirnos con sus amigas, no llevaba expectativas en los bolsillos. De vez en cuando la vida, diría Serrat.

Llegamos a la casa de Pao, y mientras transitábamos el largo pasillo hasta el fondo, mi humor mejoraba notablemente y sin motivo aparente. Hay lugares que me producen sensaciones que no pasan por la razón. Hay climas, que nada tienen que ver con la meteorología, que abrigan de entrada. El hogar de Pao y Lore, es uno de ellos.
Pao es una musa de aires marinos. Y produce los mismos efectos. En eso debía estar pensando el morocho que se le acercó aquella noche en Buzios, quien seducido por su belleza y embriagado por el alcohol, creyó ver a Iemanjá, la diosa del mar, en persona. Lástima que no llegó a enterarse que años después, ella usaría ese nombre para su empresa de catering (http://www.iemanjacatering.com.ar)

Decir que cocina como los dioses, aún no le haría justicia. Porque ella es mucho más que su buena mano para los placeres culinarios. Alguna vez le llamé terrorista de los sentidos, pero me bocharon el término por sus connotaciones violentas. Claro está que esa no fue mi intención, pero miren si no: bella a la vista, de palabras más dulces que sus postres, abrazos que calman dolores y humores, aromas que despiertan estómagos dormidos y platos que invitan a abandonar la dieta sin culpas ni resquemores. Una musa, de todos los sentidos.

Lore, su hermana, es la benjamina del grupo. Verla me hizo acordar a Flavia en sus veinte. Tiene la misma cabellera larga, rulienta y rebelde y esa actitud “del mundo del mundo es mío” bordada en su sonrisa de niña adulta. Quién sino ella pudo convencerme este verano de pisar una pista de baile, luego de un largo día de playa con cena afuera incluida y mis pocas ganas de ruido electrónico a cuestas. Sin duda, su alegría manifiesta, le abrirá muchas puertas reacias al resto.

La reunión comenzó con Leo sentada en una silla en el patio y hablando de temas cotidianos. Su mirada desnuda verdades aunque uno no quiera. No lo dice, pero estoy convencida que ella ve pensamientos ajenos con esos ojos profundos y misteriosos. Ve otras cosas también que los demás no.

El encanto de Leo pasa por contar historias. Su voz grave, segura y pausada, carga el ambiente de una mística especial que silencia al resto. El único motivo para dejar de comer y pasar a la sobremesa, lo genera ella. Ansiamos ese momento con la misma urgencia que un niño su cumpleaños. Maneja pausas y sentimientos con la misma facilidad que un músico su violín. Sabe cuando dejarnos reir a carcajadas mientras ella llora vivenciando al límite su relato. Nada la intimida ni la corre de su centro.

Ni siquiera los gritos agudos que emite Mariela para expresar su incontenible alegría a modo de risa. A Marie y a mí, nos une la misma imposibilidad de mantener la compostura ante algo gracioso. Hemos caído al suelo, chocamos cabezas de puro torpes nomás, y literalmente, nos hemos retorcido de risa juntas, en cuanto evento de nuestras vidas nos tuvo por participantes coincidentes. Hemos sobresaltado gente, obligado a actores a pausar monólogos y contagiado escépticos ante el tenor y la duración de nuestras carcajadas interminables. Marie tiene su corazón prendado irremediablemente de un solo macho: su perro. Flaco y ágil como pocos. Fiel y cariñoso como ninguno. Dos amigas del alma: Nina, su cuñada y Pao, hermana de la vida. Y un hombrecito rubio y pequeño que derrite sus menudos huesos cada vez que la llama tía: Pablito, el dulce retoño de Fito y Nina.

Si no fuera porque Sandra trabaja en el laboratorio con Nina, hubiera jurado que era una musa hippie y fugada de un cuento infantil. A veces imagino, que después de nuestras reuniones, vuelve volando montada en una alfombra a su casita de chocolates y obleas dulces. Deberían oírla hablar de la magia con que describe bosques, cabañas y lunas de Mar Azul. Y ver sus ojos cuando se pierden en la inmensas playas del sur de MDQ, que este verano tuve el honor de compartir con ella y su familia. Tiene en su sonrisa la inocencia, la alegría y el entusiasmo de Mary Poppins y en sus ganas, las ansias de juego, de un niño al despertar.

Una vez más, he debido arrojar, sin extrañarlos para nada, mis prejuicios a un costado. Mis amigas de los jueves, no son brujas. Son hechiceras. Porque con sus encantos, cautivan a cualquiera, incluso, a las más escépticas. Nuestras reuniones, no se alimentan de chismes ni quejas cotidianas, solo nos concentramos en fantasmas amigables, vidas pasadas y curaciones mágicas. Y en el pan nuestro de cada día.

Las quiero amigas, gracias de corazón y muy feliz día. Un enorme placer en todos los sentidos haberlas conocido.

Cultura Pacata

Antes que nada, les quiero decir que hoy, la voy a hacer corta y sin segundas partes. Así pueden leer en cinco minutos y seguir con lo suyo.

Mucho se ha dicho sobre la histeria femenina. Obvio que no hay bibliografía de consulta sobre la masculina. Pero ojo, tampoco me interesa encontrarla. Convengamos que a la sociedad no hay ESO QUE PIENSAN que les venga bien. O somos tildadas de histéricas, de chica fácil, o de mina de familia.

Desarmemos cada término por partes.

Histérica: Dícese de la mina que se hace la difícil en la primera cita. O que se va de mambo por el chat y en persona arruga. (Se contradice).

Chica fácil: Dícese de la mina que entrega en la primera cita. Y que se va de mambo por el chat, por teléfono y en persona. (O sea, hace lo que dice).

Mina de familia: Dícese de la mina que se hace difícil en la primera cita. No se va de mambo por el chat, ni en persona, ni nunca (Y son las que después son cornudas porque el marido se fue con una chica fácil).

Mi intención no es juzgar a ninguna de las chicas. Todos los seres humanos a veces hacemos lo que decimos, a veces nos contradecimos y otras somos complicados. Lo que me molesta es que haya un término con desventajas manifiestas para definir a cada uno de esos estados femeninos. Mi experiencia dice que los hombres buscan una puta en la cama, que disimule delante la familia y de vez en cuando se haga la histérica (sino, escuchen la canción de Arjona “Dime que no”)

Nada más. Quería que piensen en eso y saquen sus propias conclusiones.

Buenas noches.

The San Blas Band (III) O será Conoces a Yo Black?

Chris llegó puntual a la Iglesia. Se paró en el altar y esperó a la novia como corresponde. Silvio y Flavia llegaron justo. Flavia con el pelo empapado y apurada, porque ese día se habían ido a vivir juntos. Como sucede en las comedias románticas, hay muchas coincidencias entre los amigos. Hasta los días importantes.

A esa altura, toda la platea sabía la historia de los anillos. Y los que no, se enteraron allí mismo mientras esperaban… pero no a la novia, que ya estaba dentro del auto y dando vueltas manzana. El que faltaba era el cura. Hombre al fin, el muchacho que eligió por esposa a la Iglesia en vez de mujeres, igual, no perdía todas las mañas. Había ido a jugar un picadito, el partido estuvo buenísimo y llegó tarde a la ceremonia.

Yo no estuve allí. Aún no los conocía más que por referencias. Flavia me había contado que tenía que ir al casamiento del mejor amigo de Silvio mientras terminábamos de acomodar cajas y cajas en el nuevo hogar. Pero escuché esta historia tantas veces durante estos años que casi puedo imaginar la escena sin temor a equivocarme.

Finalmente, después de mucho nervio, llegó el momento de bendecir los anillos.

Christian miró hacia abajo cuando el cura futbolero levantó la bandejita al cielo y dijo: “Bendice, oh Dios, estos anillos de noble material como símbolo de unión eterna”. No podía contener la risa. La miró a Adriana quien intentaba infructuosamente mantener la compostura. A parientes y amigos les pasaba lo mismo.

Quienes sí estaban eran Natalia y Leo. Nati es la mejor amiga de Adriana desde el primario. Morocha, de pelo lacio grueso, brilloso, pesado y envidiable. Ojos pícaros, nariz pequeña y siempre una sonrisa amplia. Esa noche estaba emocionada y divertida a la vez. Los equívocos de Christian y Adri, eran cosa habitual, pero esta anécdota era increíble. Leo, hombre atento a los detalles, con pelo casi por los hombros, fotógrafo, cineasta y de implacables opiniones, hubiese matado por estar filmando ese momento.

A ellos los conocí no demasiado tiempo después. A Adriana se le ocurrió festejar su cumpleaños número 26 en un salón en Caseros. Imposible pensar en un cumpleaños en su casa con todo el rosario de familia que tiene Christian. A las cuatro de la mañana, sólo quedábamos en la pista Adriana, Nati, Leo, Silvio, Flavia y yo bailando desaforadamente al ritmo de Santana y su tema Smooth. Christian había elegido tomar una siesta en el patio… tendido en el suelo. No sean mal pensados. Solo estaba cansado.

Los eventos de cualquier tipo pasaron a ser lugares de encuentro esperados por todos. Nati y yo buscamos siempre sentarnos juntas. Nos une la misma acidez y nos divierten sobremanera los comentarios de la otra. Las tías de Adriana nos odian por igual desde el día que nos reimos sonoramente durante más de 15 minutos mientras las mirábamos cantar un tango y tironear sin pudor por sostener el micrófono y ganar protagonismo.

Con Leo, nos hermana la intolerancia a la estupidez humana de cualquier tipo. La intolerancia a la estupidez. La intolerancia, bah!... Si, somos intolerantes… y
que??????

Sabiendo esto de él, y su pasión por la perfección, es que lo contraté para que me haga el video y las fotos del cumple de 15 de Julieta, mi hija más chica. No se en que momento se me ocurrió escribir un guión para hacerle un video a Juli y pasarlo el día de la fiesta. Bueno, si lo sé. Fue 15 días antes del evento. Leo quería literalmente asesinarme cuando le pasé 4 hojas de texto para filmar el fin de semana. Sabiendo lo que vendría, me relajé y le dije a mi hija, que ya había estudiado todo el guión de punta a punta: Juli, cuando venga Leo, seguramente hará muchos cambios a la historia, va a cortar escenas, a estar de mal humor, pero quedate tranquila y hacele caso que seguramente quedará perfecto y mucho mejor que el original. Disfrutémoslo. Con el correr de las horas se le va a pasar.

Así fue. Llegó de mal talante, agarró el guión impreso, empezó a tachar párrafos enteros, y me dijo muy seriamente: “ A ver, esto no es un cine. La gente está en otra cosa, es una fiesta. Tiene que haber poco texto y mucha acción. Va a haber mucho ruido de fondo, así que la mayoría tiene que ser acción. Tenemos solo hoy y mañana.” Esto no vá, esto no vá, esto no vá, esto no vá. Dejó el guión como la cabeza de un colimba.

Demás está decir que tenía razón. Y yo también. Julieta y Michelle, mi hija mayor, acataron todas las órdenes sin chistar y Leo empezó a divertirse. Participamos todos… Silvio, Flavia, Chris, Adri, las chicas y yo. Sin dudas, yo fui la peor. Hubo que filmar mis escenas varias veces.

El video quedó increíblemente genial, gracias a Leo y mis amigos. La fiesta, hermosa y divertida. Pero tuve que rogarle un año y medio y finalmente amenazarlo públicamente para que subiera el video a la web y pudiéramos verlo. Su respuesta, no se hizo esperar (transcribo el mail original que Leo me mandó a principios de ESTE año… Juli ya tiene 16)

De: Leo
Enviado el: lunes, 26 de enero de 2009 11:54 a.m.
Para: Sol; Silvio; Natalia; Flavia; Vanina; Adriana; Christian;
Asunto: URGENTE REIVINDICACION!

Como todos sabrán fui víctima de un chantaje la semana pasada.

Han mancillado mi buen nombre y honor poniendo en duda mi capacidad de respuesta ante el pedido de un cliente.

Pero la verdad es que tuve que ceder porque tenía razón…

…es así que redoblé la apuesta y no conforme con “poner-los-videitos-online” lleve todo un paso más allá:

http://videosdejulieta.blogspot.com

Solo espero la reivindicación correspondiente y que la contraparte cumpla con lo suyo.

Ha sido Justicia!!!!

Nina entró en nuestras vidas de la mano de Fito. Y conquistó nuestro corazón un fin de semana en Mar del Plata, con su hermosa panza de cuatro meses. Nina tiene un cuerpo literalmente perfecto. Delgada, castaña, ojos gris verdoso, músculos apenas marcados, siempre bronceada, lindas caderas, escasa cintura y delantera para alquilar balcones. Es dulce, sensible, cariñosa, buena amiga, mejor madre y cocina bien. Tiene paciencia y dedicación para lo que los demás no. Es sana en su dieta y estricta con el gimnasio. Hizo una carrera terciaria cuando ya era madre. Amante de los Beatles, Calamaro, Woody Allen y su hijo Pablito por sobre todo. Por Nina empezamos a reunirnos los jueves con unas mujeres maravillosas: Sandra, Paola, Lorena, Mariela (hermana de Fito) y Leo de quienes hablaré en detalle en otro post.

Ella está siempre dispuesta a dar una mano en lo que haga falta: hacer una torta, organizar una cena, agasajar amigos, dar una inyección, tomar sol en su terraza o cebar unos mates. Su frase es siempre: Dejá Sol, yo lo hago, yo te ayudo, no te preocupes. Nina está siempre ahí. Atenta a las necesidades de otros.

Tengo miles de historias para contar de mis amigos. Noches eternas, risas sonoras, asados, cumpleaños, fines de año, vacaciones, escapadas a la costa, cadenas interminables de mails por un mismo evento que derivan en cualquier cosa, chistes y más risas.

Mañana sábado a la noche vienen todos a casa. Excepto Claudio, que aún le parece muy pronto para continuar nuestra amistad como si nada. La Banda de San Blas, aunque falte alguno, está siempre unida y para siempre. Eso lo sé. Nos une la risa, la tolerancia y el respeto por cada uno. Sabemos que Nati y Leo, de vez en cuando, pegan un faltazo sin decir por qué. Tampoco nadie pregunta, después. Chris y Adri siempre se pelean por algo… pero terminan riéndose y haciéndonos reir a todos. Fito y Nina van y vienen, van y vienen, y van y vienen otra vez con cadencia casi musical. Silvio y Flavia son casi el modelo de todos. Tienen amigos y actividades que requieren de una agenda minuciosa y apretada. Y a Claudio y a mi nos distingue la amistad que se forjó en nuestra adolescencia, y que aún, separación de por medio, hace que nos sigamos queriendo.

Mañana sábado se que la voy a pasar bien. Sé que voy a reirme con ganas. Se que Chris en algún momento golpeará la mesa y dirá “Viva Perón y la put…” y nos hará tentar a todos; que Silvio improvisará un chiste, que Fito será el portavoz de un momento emotivo y gracioso; que Flavia me dará más de un abrazo; que con Nati nos buscaremos la mirada en algún momento para reírnos de lo mismo; que Adri hará un comentario que nadie se espera, que Vani nos va a deleitar a todos con su torta de ricota, que Michelle y Juli comerán en cinco minutos para irse rápido y que Claudio, en algún momento pensará en nosotros y nosotros en él. Se también, que en algún momento, Pablito, Juan Cruz y Pedro van a romper los huevos. Se también, que nos vamos a reir con su imaginación inocente y creativa. Y que Bautista, con cara de yo no fui, hará de las suyas.

Y sé que esas horas, olvidaré todo el resto y me sentiré orgullosa de pertenecer a esta Banda.

Los amo con todo mi corazón, amigos. Feliz día!

FIN

Lector intrigado: Cómo fin!

Sol: Perdón?

Lector intrigado: Y que pasó con los anillos?

Sol: Que anillos?

Lector intrigado: …!!!

Ahhhh si. Los anillos. Me olvidé de presentarles a Black, el perro atorrante y azabache de Chris. Al regresar de su luna de miel, Christian y Adriana fueron a visitar a los hermanos de Chris en Caseros, su ex casa de soltero. Volvieron bronceados, sonrientes y… con anillos de plástico.

Black estaba visiblemente feliz de volver a ver a su dueño. Por un tiempo, pensó que se iba para siempre. Tal vez, por eso hizo lo que hizo. Y ahora se sentía algo culpable. Así que ni bien Christian pasó la puerta y lo saludó calurosamente; pensó un instante, bajó los ojos como su dueño cuando se siente avergonzado, corrió raudo al fondo y volvió con el hocico sucio de barro y una pequeña cajita azul en su boca.

Pequeño homenaje a Black, un perro que sabe pedir perdón. Y a Chris, un dueño que sabe perdonar 

The San Blas Band (II) Conoces a Black Jack?

Años más tarde, ya divorciada, mientras Fito manejaba los bajos en los escenarios de la Guardia del Fuego, Fito Páez, Fabiana Cantilo y Lerner; Claudio y yo nos encontrábamos a las cinco en el Mc. Donalds del Paseo la Plaza para mezclar con café, la espera de mi entrada a teatro.

Claudio ya era un hombre de fierros y un amigo del mismo noble material. En esas fechas mechaba su vida marital con una lencería heredada de sus padres y sus publicaciones en Weekend. Claudio tiene el don de hablar de autos como si lo hiciera de mujeres que ama. Su gracia, su pluma Times New Roman, su pasión por Cortázar y la belleza de los paisajes que lo vieron pasar raudo, son su carta de presentación. Cosecha más amigos que soja en todo el país. Nunca oí a nadie hablar mal de él. Tiene un solo defecto: es muy exigente, pero solo con él mismo. Tiene una gran virtud: cualquiera que lo conoce lo ama. Incluso yo, aún separados, se que una parte de mi corazón, será suya por el resto de mi vida (segunda parte cursi aparte de Flavia).

El me acompañó, me hizo reir, me instó a crecer y a mejorar desde mis 15 años hasta hoy. Estuvo conmigo en lo fácil y complicado. Y se sacó muy bien 10. Se positivamente, que de acá a que me llame la parca, contaré con él cuando lo necesite. Y él sabe también, que puede contar conmigo.

Después del mítico día en el bar con Flavia, nos hicimos amigas. El jueves siguiente propuse seguir “la clase” en mi departamento del piso 15 de la calle Quito. Las cinco de la mañana nos sorprendió a 20 almas (el cuerpo ya estaba exhausto), cantando el himno nacional a viva voz y emocionados… hasta que el “extranjero” vecino del piso 14 nos vino a golpear la puerta con cara de “exijo dormir ahora mismo”.

Con Silvio no empezamos del todo bien. Su primer comentario a Flavia sobre mí fue: “no me gusta demasiado que te juntes con ESA… “Mini” (mini es el apodo que se dicen mutuamente)”. ESA era yo. El día que se lo dijo, en un cantobar, lucía yo una sobria camisa de volados blanca, anudada a la altura del busto, una mini de cuero negra de no más de 30 cm, medias de red al tono y unas botas con solo diez centímetros de taco y que recatadamente me llegaban a la rodilla. Mal pensados hubo siempre .

Lo cierto es que, lejos de una actitud erótica, estaba yo encantada, por primera vez en mi vida, de mis tetas y mis piernas. Ambas, por delgadez, me habían dado mucha vergüenza en mi adolescencia. La maternidad me había sentado bien en el busto y la moda de flacas extremas me reconciliaron con mis piernas de Olivia y las mostraba orgullosa.

Yo en cambio, lo quise desde el primer momento. Silvio es gracioso, aún cuando está enojado. Y sus enojos son de lo más pacíficos. Se vuelve implacable cuando algo le sale mal. Incluso jugando. El 99% del tiempo es un optimista nato. Para él, las cosas pueden salir de una sola manera: Excelente. Pero trabaja mucho y muy duro para eso. El azar y él, no se llevan del todo bien. Él siempre gana, y pone todo para que eso suceda. Silvio es mi actor favorito sin dudas. Al igual que el Gordo Casero y sin nada que envidiarle. Estilos muy distintos que me hacen reir sobremanera. Tiene esa picardía de pibe de barrio con la cual, todos se sienten identificados. Su obra, “yo me quiero matar, y ud.?” que estuvo tres años en cartel, me tuvo de feliz espectadora con asistencia perfecta. El fanatismo hizo que fuera ida y vuelta en la misma noche a Pinamar con Claudio, sólo para verlo. Como ya terminó, ahora la veo en DVD… y me sigo riendo. Flavia y Silvio son parte de mi familia. No me imagino la vida sin ellos. Como tampoco me la imagino sin el resto de “La Banda”.

Christian y Silvio se conocen desde la más tierna infancia que los vió crecer en Caseros y peligrosamente cerca de Fuerte Apache. Pero más fuerte es la amistad que los une. Cruzan sus ojos claros e inevitablemente cae un chiste y levantan sonrisas presentes. Viven, ahora, en mismo piso de San Blas y Bermúdez, un poco más lejos del Fuerte, y más indios que nunca. Chris, niño eterno, sensible y ocurrente; es gracioso, lindo y torpe por igual. En cuestiones de actuación, él fue el precursor indiscutido de La Banda. En sus años mozos, cuando aún algunos no habían debutado como corresponde, él ya ostentaba un club de fans. Hemos ido a tocar muchas puertas por encontrar un tape de su paso de playback dancer de Música en Libertad. Él jura ante Dios y los hombres, que Alejandro Romay en persona, le ofrecía servicio de guardaespaldas para cuidarlo de sus fans.

Adri es todo a lo que una mujer del 2000 aspira. Contadora con cuadro de honor incluido, blonda, linda, exitosa en todo lo que emprende (incluso con sus hijos que son bellísimos)… y un extraño y delicioso cóctel de rubias famosas: Susanita de Mafalda, diva como Giménez (30 años atrás y sin Roviralta) y con comentarios dignos de Maitena. Adriana siempre supo, que para que las cosas salgan bien, hay que planearlas con tiempo. Algo simple, que todo el mundo parece saber, pero ninguno de nosotros aplica.

Por eso, en su día de bodas, ella estaba un poco nerviosa, si, es cierto, como todas las novias. Pero segura que todos los detalles habían sido tomados en cuenta. En eso pensaba, para relajarse, mientras la chica de la manicura le terminaba “la francesita” en sus uñas cuidadosamente limadas. Todos menos uno.

Chris, mientras tanto, se terminaba de vestir a los apurones en su hogar de Caseros. Se miró al espejo, de un costado, del otro, se paró derecho y sonrió con ganas para sí mismo. Lindo guacho! Pensó. Dio media vuelta y se encaminó hacia su mesa de luz a agarrar la cajita con los anillos. Se había asegurado, esa mañana, para no olvidarse, de dejarlos en un lugar bien visible: al lado de la billetera y las llaves.

Vió primero la billetera, luego las llaves… billetera y llaves. No había nada más. Un escalofrío le corrió por el cuerpo. Estaba seguro que los había dejado allí. Alguien le había hecho una joda. Tenía que ser eso. Silvio! Pensó. Pero él no había estado allí en todo el día. Abrió el cajón. Nada. Miró el piso. Tampoco.

Listo. La llamaría a Adriana, ella seguro sabía donde estaban. Las mujeres siempre sabían eso. Agarró el celular y sin más, presionó la tecla verde.

La respuesta de Adri, ciertamente, no era la que él esperaba: “Christian, no podés ser tan
pelotudo!!! Si no los encontrás, no me caso.” Y cortó. Eso fue todo.

Ahí empezó a desesperarse un poco. Y con él, todos los que estaban por ahí. No había tiempo de ir a una joyería. Era sábado a la noche. Y estaba en Caseros, que no es precisamente Fifth Avenue, y en las esquinas más que joyerías abundan los vagos tomando cerveza en el cordón. Pero estaba el kiosco. Ese pequeño lugar en el que uno podía encontrar casi cualquier cosa. Un mapa de Argentina que lo salvó de más de un apuro en el cole, los cigarrillos a la una de la mañana, petardos a las doce menos cinco en año nuevo…

Se encaminó hacia allí y con la misma naturalidad que pedía profilácticos a veces, le soltó sin más: Tenés alianzas? El kiosquero, canchero en estas cuestiones, mientras miraba la última escena de una película de Bruce Willis en Duro de Matar 1 en la tele 14 pulgadas en blanco y negro, que tenía a un costado, y sin mirarlo, le dice: “Si, estas, pero son de plástico.” Damelás. Las guardó en su bolsillo y partió hacia la Iglesia.

CONTINUARÁ.

Una banda, según wikipedia (hay algún otro de consulta más popular?) reza:

. Banda: Unión de clanes que dejan de ser nómadas y se convierten en sedentarios.

. Banda: Sinónimo de pandilla.

. Banda: grupo de delincuentes armados.

Sin mentir, las tres acepciones nos cuadran a la perfección. Aunque para calmar ánimos paranoicos, los que van armados son los niños, con toda clase de aparatos intergalácticos, espadas de globos largos, y cornetas de cotillón. Y el adjetivo de delincuentes lo ganaron en buena ley, paradójicamente, si hablamos de transgredir reglas impuestas por los adultos. Pero ellos, fueron los últimos en incorporarse y quienes ahora, se llevan todas las atenciones. A decir verdad, nosotros también tenemos algo de cacos. Tomamos por asalto varias casas, pero munidos de gaseosas y empanadas que con el correr de los años se convirtieron en alcohol y pantagruélicas cenas.

Excepto yo, que ya tenía dos planes femeninos adjudicados por aquella época, a los demás los conocí en pleno jolgorio de juventud. Nos definió la heterogeneidad y nos unió la diversión sin excusas. Estaba pensando en un origen… pero es un poco como la historia del huevo y la gallina. Así, que a falta de integrantes en este momento que opongan objeción (todos tenemos el ego muuuuuy elevado) empezaré por mi.

A Claudio, quien muchos años después se convertiría en mi pareja por diez años, lo conocí en Mar del Plata. Era yo una escuálida popotitos de 15 años, ávida de amistades masculinas, ya que toda mi historia escolar transcurrió entre monjas y proyectos de mujeres. Ese año, en vacaciones, estrenábamos con mi familia un departamento en planta baja frente a la playa. Claudio también era un feliz propietario del segundo piso y con él, muchos otros de por allí que ahora no vienen al caso. Mis padres estaban algo preocupados por mis nuevas amistades, todas masculinas, que sumaban en total unos 14 o 15 integrantes. Y yo, demás está decirlo, estaba más que feliz.

Pero a las doce de la noche, indefectiblemente, me hacían entrar a casa. Pasé un par de días así, hasta que descubrimos, que la ventana de mi cuarto, a continuación de la cocina, daba a un patio que tenía una pequeña ventana a la escalera del edificio. El buen muchacho, en vez de salir por ahí a disfrutar la vida, se quedaba largas horas charlando conmigo a través del precursor Windows de cemento en voz baja hasta bien entrada la madrugada. Claudio fue también quien un día, me desafió a pasear por las playas de la Perla, él con traje y yo con vestido de fiesta, a las cinco de la tarde, y ante las miradas extrañadas de los veraneantes, que no entendían muy bien si habíamos bebido tan temprano o estábamos promediando una fiesta anterior. En esos tiempos, hacer el ridículo era toda una osadía que nos divertía sobremanera.

El caucho quemado de las cubiertas del Falcon Sprint de mi papá, también lo tienen por responsable, ya que fue él quien me enseñó a hacerlas chillar lo suficientemente lejos del oído paterno. Con él, me enamoré del teatro por primera vez, con Les Luthiers por testigo y de regalo de cumpleaños. Vimos lunas y amaneceres por igual en largas tertulias escabrosas, y ante la presencia espantada del monumento a Alfonsina Storni que quería huir a toda costa. Se suicidó muchas veces en esos veranos.

La amistad continuó luego por Buenos Aires, donde le presenté a todo el rosario de proyecto de monjas dispuestas a abandonar hábitos y mañas; y él, a los industriales suyos, ávidos de cambiar artefactos de hojalata por “máquinas” de carne y hueso. Fito (Marcelo Vaccaro, reconocido bajista en la actualidad y pura promesa de hombre allá por el ’84) apareció una noche, en un cumpleaños de Gaby. Ambos, llegaron munidos de un cassette de Sandra Mihanovich a modo de obsequio. Algunos recordarán que la famosa tapa de ese disco la mostraba con los rulos húmedos en blanco y negro. Llovía esa noche, y el cassette estaba literalmente empapado. Deslindaron responsabilidades diciendo que Sandra insistió en bañarse antes de partir de Versalles a Lanús. Que intentaron convencerla que no, pero que siempre las mujeres se salen con la suya. Cosecharon carcajadas por doquier, ya de entrada.

Fito es capaz, aún hoy, de recitar de memoria teléfonos de mis compañeras que ni yo recuerdo, la formación del River del `75 y la lista de sus compañeros de secundario sin respirar y de un saque. Es la contracara del personaje de la película Memento. En su juventud, lucía una cabellera como Michael Jackson en sus comienzos. Canas y años después, a un músico más vernáculo: Piero. Hoy, ya con el pelo corto y color natural, el naranja que ostentó alguna vez a modo de fósforo, lo luce en zapatillas y remeras. Y en el corazón, la misma alegría.

CONTINUARÁ.

domingo, 12 de julio de 2009

De Cachorras a Perras Maduras (Dedicado a Flavia, mi mejor amiga)

Cuando era chiquitita,
me miraba la cosita
y decía así:
para que carajo,
tengo yo este tajo aquí.

Ahora que soy grandecita,
yo me miro la cosita
y digo así:
viva la poronga, que alguien me la ponga, aquí.

Está bien. Convengamos que es un lenguaje soez (para los legos: “Lenguaje soez en latín es el vocabulario grosero, impúdico u obsceno del idioma latín y su utilización”…”El vocabulario obsceno del latín vulgar consistía principalmente en palabras sexuales y escatológicas” Fuente: Wikipedia.)

Convengamos también, que ninguna dama en sus cabales cantaría semejante “tema” en presencia masculina. A lo sumo, en reunión femenina, ya pasadas de copas y con edad suficiente para no sonrojarse a no ser por el efecto etílico, alguna se atrevería a recitarlo en voz baja y entre risas generales.

Conocí a Flavia haciendo teatro en el Rojas allá por el 96. Llegué yo allí luego de pelearme sistemáticamente con todas las mujeres que me rodeaban desde la más tierna infancia. Siempre tuve facilidad para las amistades masculinas y alergia recurrente a las de mi género. No era un problema mío, creía yo por ese entonces; sino que ellas, eran demasiado sensibles a mi crueldad manifiesta e inocente. Yo lo llamaba “sinceridad sin vueltas”. Así que lejos de decir “me parece que te queda mejor el vestido negro”, ante un atuendo por demás ridículo de mis congéneres, les largaba sin más “Que pasa? Llegó el carnaval negrita?”.

Cansada de salir siempre con amigos varones, que invariablemente proponían continuar nuestra amistad en la cama, me anoté en teatro. En busca inequívoca de mentes más abiertas y menos sensibles a las críticas.

La primera clase, en ronda de alumnos, la profe nos hizo presentarnos uno a uno. La consigna era, por demás predecible: decir el nombre y motivo por el cual estábamos allí. Cuando llegó mi turno, largué sin más filtro que conciencia: “yo me llamo Sol, y estoy acá porque me llevo mal con las mujeres”, con lo cual, me gané el odio instantáneo de todas las féminas presentes. O casi. Igual, nada de eso hizo decaer mi entusiasmo por el nuevo proyecto que tenía de ganar nuevamente amistades femeninas (las masculinas, las daba por hechas).

Finalizada la segunda clase, alguien propuso que nos fuéramos todos a un bar cercano de la calle Corrientes. De esos que abundaban en esa época, iluminados con tubos de luz blanca, mozos entrados en años, y un aroma característico, mezcla de cebolla, ajo y aceite barato en el ambiente. Juntamos mesas con voluntades y nos propusimos a degustar una pizza cada cuatro con gaseosa entre dos (los actores, desde el vamos, siempre tuvieron más aspiraciones que dinero).

En mitad de la amena reunión, dos chicas del grupo, se ponen de pie, suben a las sillas y siguen su paso por la mesa. Angie, quién más tarde se casaría con uno de mis mejores amigos (él sigue siendo mi amigo, pero ella, aún hoy me ahorcaría de buen grado) y Flavia; pequeña imagen de rulos negros y voz seductora e infantil; se miran a los ojos en pícaro entendimiento y comienzan a cantar al unísono la canción que describo al comienzo. Con más inocencia que erotismo, y ante el estupor del público presente en el bar, ambas recitaron de principio a fin tremenda verdad tabú a viva voz.

No recuerdo nada más. No atiné tampoco, a mirar a nadie. Esa menuda voz de ángel, su frondosa y rulienta cabellera que pesaba más que todos sus huesos en conjunto, captaron toda mi atención.
Supe ahí mismo que había encontrado a mi hermana del alma. Sé que suena cursi, pero así fue.

Flavia contaba entonces con 21 calendarios en el haber de la vida, y yo 28. Ella aún no había abandonado la casa materna y yo ya estaba divorciada y con dos hijas. Ella, ya hacía un año que había encontrado al amor de su vida, Silvio, quien hoy es su marido; y yo estaba a punto de convencer de lo contrario a Claudio, único amigo que durante 15 años ponderó nuestra amistad sobre el sexo y único también, gran amor de mi vida hasta hace un año y medio. Pero esa, es otra linda historia que algún día contaré.

Volvamos a mi amiga. Estuve allí cuando decidió irse a vivir con Silvio. Estuve también, cuando compraron su depto de San Blas. Ella fue la responsable de que abandonara Caballito por mi actual casa en San Blas a dos cuadras de la de ella. Y ella también es el motivo por el cual, ahora que tengo que venderla, prefiero cercanía a comodidad. Fui su madrina de casamiento en la ceremonia más hermosa, auténtica y emotiva que asistí en todos estos años. La fiesta, fue una fiesta con todas sus vocales y consonantes. Digna de un capítulo aparte y digna también, de un guión de comedia romántica que algún día escribiré.

De ella aprendí que franqueza implica también cuidado; que no es necesario enojarse para decir lo que uno piensa; que ser mujer no es un castigo sino una virtud, que sensibilidad no es sinónimo de debilidad sino de amor por el otro; y por sobre todo, que la amistad entre mujeres puede ser auténtica, contra todos mis pronósticos y mochila empírica al respecto.

Hoy, como tantas otras tardes, estuve en su casa compartiendo mates, anécdotas de la semana y trivialidades cotidianas. Y hoy también, como nunca había sucedido antes, me eligió para la titánica tarea de teñir su cabellera mientras yo mechaba mis aventuras masculinas con mi actual búsqueda de vivienda. En eso estábamos cuando arribamos a la conclusión (siempre finalizamos las charlas con una conclusión positiva sobre cualquier asunto abordado) que estamos rodeadas de gente linda, desprejuiciada y siempre dispuesta a pasarla bien. Una red humana de sólidas bases y estructuras flexibles a prueba de terremotos. Una red que se extiende, se afianza y siempre dispuesta a sumar nuevos integrantes. Nunca lo hicimos, pero si sumáramos amigos, compañeros de trabajo, de teatro y de la vida que compartimos, pasaríamos largamente los 100.

Nos dimos cuenta de cuánto habíamos crecido, madurado y compartido a lo largo de estos años. Yo le dije:

Sol: Por lo menos, los que estamos acá en esta casa, crecimos y cambiamos para mejor (en referencia a Silvio, ella y yo)

Flavia: (mirando a Uma, su hija perruna) Hasta ella, mirá, se convirtió de cachorra en perra adolescente en menos de un año.

Nos miramos. Y como siempre sucede en estos casos, empezamos a reírnos a carcajadas sabiendo desde el vamos el remate que vendría: Y nosotras, de cachorras a perras maduras (y más duras, porque empezamos yoga).

Dedicado a mi amiga Flavia, con quien mantenemos el récord absoluto de momentos memorables e intrascendentes compartidos. Y a Silvio, mi amigo-actor favorito que me hace reir hasta que duele. Y a Uma, única perra de quien acepto de buen grado besos obscenos en mis mejillas.