sábado, 15 de agosto de 2009
Llegué a aeroparque 45’ antes de la partida. Amo los aeropuertos. Todo huele bien, el clima es agradable, la gente de buen humor, los que atienden impecables. Volar, en todas sus formas, me encanta. Despaché el equipaje y me dispuse a pasear por ahí.
Hay una sucursal de Yenny que no recordaba haber visto antes en el pre embarque. Recordé que un amigo de Match a quien aún no conocía en persona, había escrito un libro que no encontré en las sucursales que lo busqué. Venía con buena estrella, así que decidí probar. Tenía lectura para el fin de semana, pero mis ganas de divertirme fueron más fuertes. Había intercambiado un par de mails con él y realmente escribía muy ácido y bien. Era de los míos. Bah, era mejor que yo sin dudas. Pero no recordaba su nombre ni el del libro.
Solamente que el personaje se llamaba Pato Langone y así lo tenía en el celular. Lo llamé. Me atendió. No le dije ni hola, creo, solamente “cómo se llama tu libro?”… silencio. Después de unos segundos me dice “te lo puedo regalar si querés”. Pensé “a menos que estés en aeroparque munido del libro, no gracias”. Pero me limité a decir “Daleeee, decime como se llama, estoy acá en la librería y con el avión a punto de salir!”. De mala gana, me dijo “Ahora me toca a mí”.
Corté sin más y me dirigí al librero sin intenciones de perder tiempo. Le dije el nombre del libro, me miró con cara de “no se si existe”. Estaba claro que no era un best seller. “Estoy segura que lo tenés, buscalo”, le ordené. “Como se llama el autor?” “No sé. Si me lo decís me voy a acordar.” “Es una mujer?” A menos que se haya travestido y pasado una lija por las cuerdas vocales creo que no, pensé. “No”. Buscó en la maldita PC y me dice: hay uno!!!! Decime donde puede estar y lo busco. Lo encontré al toque. Me fui feliz una vez más en el día.
Cuando me disponía a sentarme vi la perfumería a modo de free shop pero con impuestos. Los perfumes ejercen sobre mí una atracción fatal. Me deleité un rato pero después pensé: mejor se lo pido a Adri que tiene que viajar a Brasil por laburo. L’eau par Kenzo es mi favorito y me dura menos que una botella de Coca.
Me alejé de la tentación y me dispuse a esperar leyendo el libro. Ya en la primera página me cagué de risa. No me había equivocado. En la contratapa rezaba: “Si se animó a vivir en la Argentina, no podrá dejar de leer este Best Seller” Estaba claro que no había resultado tal. Pero debería serlo. Misterios de la bibliografía. La gente que había alrededor me miraba intrigada. No me importó. Me reía sonoramente. No lo esquivo a curvar los labios y el onomatopéyico ja ja ja, cualquier pelotudez me causa gracia, pero el tipo era genial.
Me puso un poco de mal talante cuando escuché a la mina con voz de orgasmo que anunciaba mi vuelo. Me reanimó el hecho de estar más cerca de un fin de semana sola en la feliz obviando la ruta. Me encanta manejar de noche y sola, pero mi ansiedad piensa otra cosa. No pude evitarla, de todos modos. La despertó un boludo que no acertaba a encajar su equipaje en el mínimo recoveco y demoró toda la fila. Detesto subir y bajar del avión con toda esa gente parsimoniosa. De buen grado empujaría cual barra brava y caminaría sobre los asientos para bajar o subir primera. Pero no sería bien vista, eso está claro. El tarado no entendía el lenguaje universal del bufido fuerte y sonoro. O no le importó. Daba lo mismo.
Finalmente me senté en la ventanilla 5F. Amo ver la ciudad desde arriba. Todo parece puesto para una fiesta y solo para mí. Desde el aire no se ve la mugre, ni la indigencia, ni el tráfico, ni los chorros. El despegue es un orgasmo. Unas putas nubes desubicadas no me dejaron deleitarme más allá de cinco minutos. Recordé el libro. Lo saqué de la mochila mientras la azafata, cual mimo en desuso, sacaba la mascarilla y hacía señas para mudos que no le importaban a nadie.
A los 20 minutos el avión se empezó a sacudir un poco. Qué bueno, siempre me habían tocado vuelos aburridos. Si se estrellaba, al menos iba a salir en los diarios. Espero que mis amigos recordaran la promesa que me hicieron de hacer una fiesta en mi velorio, con chistes, canciones y un lunch con buen tinto. Había estado leyendo un libro que se llama “Muchas vidas, muchos maestros” y trata sobre la reencarnación. Me entusiasmaba la idea de pasar al level two y encontrarme con los maestros… a ver que tenían para decirme.
La chica que viajaba al lado mío no compartía mi mortuorio parecer. Se empezó a poner nerviosa y me dice “tengo pánico”. Ya me di cuenta, pensé. Respiraba profundo y agitada, sostenía el apoya brazos como si fuera un resto del Titanic y necesitaba imperiosamente expresarlo en voz alta. Me compadecí un poco, a pesar que me distrajo de mi lectura y pensamientos. Tres tareas para una mujer es mucho. “Hacé de cuenta que vas por el empedrado en un Citroen 3CV modelo 70” le dije. Se sonrió a medias. El avión se estabilizó otra vez, para su suerte. No tenía ganas de hacer sociales así que seguí enfrascada en mi lectura. Si buscaba cómplice para sumar miedos, se equivocó.
Llegamos al aeropuerto y tomé el primer taxi que vi. Un Duna con empirismo oxidado. El pasado del chofer tampoco parecía bueno, a juzgar por su look. Luché con la puerta trasera que parece un botón de inodoro por la profundidad que hay que aplicar en la presión. Le dije “Patricio Peralta Ramos e Hipólito Irigoyen.” “Qué?”
Ufa, no se llevaba bien con los personajes históricos. “La costa y Libertad” sintenticé. Rogaba que la portera de al lado hubiera escuchado el mensaje que le dejé pidiendo que me prendiera las estufas del depto. Hacía un frío digno de Ushuaia pero con humedad Marplatense y dudaba seriamente que al lavarropas tuneado de negro y amarillo le funcionara la calefacción. Gracias si podía dejarme en destino sana y salva.
El tipo encaró la ruta dos y siguió de largo en Constitución. Dónde me lleva este pelandrún con cara de secuestro? No me seducía la idea de rodar por el asfalto en primera instancia así que le pregunté “Por qué no doblaste?” “Es más seguro si voy por Libertad” Y más largo, pensé. “Aparte, hay menos semáforos”. Bueh, eso me convencía más. Pero a juzgar por el descampado circundante, y sus ojos con ganas de darme por el retrovisor, seguía sin sentirme para nada a gusto. Discutirle no me pareció una buena idea así que le dije “es que quería ver el mar!!!”. El émulo local de Bin Laden me respondió “Sos como China Zorrilla”. No me atreví a discutirle, la mina me encanta, pero está indudablemente más cerca que yo de verle la cara a los Maestros del más allá. A China Zorrilla también te la empomarías? Pedazo de pajero. Decidí, por mi bien, no manifestar mi clarividencia en voz alta.
Respiré por primera vez con placer cuando me dejó en la puerta de casa. MDQ me recibió con luna llena en el mar en el preciso instante que bajé. Esta puta ciudad parece un amante abandonado que intenta seducirme a toda costa. Desde que la cambié por Mar de las Pampas hace lo imposible por mostrarme sus encantos. A veces lo logra. Aunque sea un polvo de fin de semana.
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