Abrí la puerta del depto y me sentí cual manteca en heladera: me estaba poniendo cada vez más dura. La portera debe estar padeciendo algún tipo de sordera asociativa: en vez de las estufas, me había encendido el calefón. Rauda, antes de que el congelamiento atacara mis pocas neuronas activas, emprendí la lucha cuerpo a escafandra con la vieja emegé del living. Dado que hacía el mismo frío fuera que dentro, y mi estómago maullaba cual gato en celo, desandé por Mitre las cinco cuadras que me separan del centro.
Mar del Plata es uno de los pocos lugares en el mundo, donde estar sin auto, no me causa ataque de pánico. Eran las nueve y media de la noche. Me dispuse a distraerme con mi MP4… y me percaté que me había olvidado los auriculares. Compré unos en el shopping, una hamburguesa en Mc Donlad’s , un buen malbec en una rotisería, cigarrillos, chocolates y volví al depto diez y media. Fantástico. Todo lo que necesitaba para pasar la noche sola en casa. Un punto más para La Feliz. En que otro lugar del mundo uno encuentra todo eso en solo una hora y rozando la medianoche?
El calor había ganado el ambiente… solo faltaba dejar entrar la luna marina. Apagué las luces, corrí las cortinas, me serví una copa, un pucho y a mirar el mar. Mi mente inquieta no tolera mucho los instantes contemplativos, así que enseguida empecé a discutir conmigo si me rendía a las aventuras de Langone o a mi propia imaginación en la notebook. Ganó lo primero. Maldición, soy fácilmente sobornable conmigo misma. En medio de mi lectura me llamó Nina y luego Flavia. Mis dos amigas que velan por mi bienestar a la lejanía. Hablé con mis hijas, preocupada porque era la primera vez que se quedaban solas en casa… estaban más que felices. Cerca de las doce, me ganó el run run marino, el tinto en la sangre y me fui a dormir. Venía de meses de acostarme 3 de la mañana y levantarme a las siete ininterrumpidamente.
Las diez me despertaron con sol y cielo despejado. Fiel a mi estilo deportista que solo se espabila en La Feliz, me apilé todo el guardarropas y salí a correr… y entré nuevamente a sacarme capas cual super héroe acalorado. Munida de vincha para sostener en su lugar los auriculares, me lancé a los confines marplatenses bordeando la costa, que amable, guardó el viento en la arena para hacerme gozar el paisaje sin empujones. Con Bublé y Jason Mraz susurrándome al oído, llegué casi sin darme cuenta a cinco kilómetros de mi hogar. El premio? Volver por la playa, caminando lento, descalza y en musculosa.
Es extraña esta ciudad. Durante muchos años la amé con locura. Después la odié con la misma pasión. Mi empobrecido bolsillo, después de mi separación, hizo que tuviera que cambiar Mar de las Pampas por MDQ otra vez. Volví este año con menos ganas que dinero, pero es la cuarta vez que me atrapa este año. Fin de año con amigos y Nina, caipirinhas e hijos, luego vacaciones en las extensas playas de La Morocha con Sandra y familia… Semana Santa con un efímero y divertido amor localista y este finde sola… la ciudad, el mar y yo arreglando asuntos pendientes.
La tarde me encontró recostada en una roca de amable inclinación justo enfrente de casa y mis pies felices ahuecando la arena. El clima acorde cual publicidad de Quilmes, el mar planchado como las sábanas de hilo egipcio de la abuela, el cielo con el color que mis ojos envidian, y el sol hermanándome en mi nombre. Solo me faltaba un faso y un vino. A cambio, tenía música y fruta. Todo no se puede. Gente a más de 50 razonables metros, perros cuzcos histéricos acallados por el volumen de mi música y el libro esperando en mi mochila. La batería de mi mp4 dio la alarma para girar sobre mi misma, ponerme de espaldas a Febo y rendirme a la divertida escritura de Gustavo Guerchi que rehúye a su identidad a cambio de su alter ego Pato Langone. Más risas y una brisa que me recordó el buzo que usé de almohada.
Ducha y derechito a Güemes caminando. La bodeguita del medio casi casi que me seduce con un tequila… al que renuncié en pos de volver a casa y rendirme a escribir.
El domingo fue como un bis deseado y de yapa. La vuelta, sin sobresaltos. Buenos Aires, igual de iluminada, celosa y despejada. Mis hijas, hermosas, amadas y con la casa limpia, me esperaban en casa. Gracias, Mar del Plata, una vez más, por acariciar mi alma, aunque sea, un ratito, en pleno invierno y con clima de amigos entrañables. Ganaste mi corazón de por vida.
I’m yours:)

1 comentario:
Sol, buenisimo el relato y la musica. Yo tambien experimenté mismos sentimientos sobre Mar del, anque el promedio hoy dice que la amo, sobre todo fuera de ttemporada (tambien, como dice mi nick soy de Capital, Boedo mas preciso). Bueno descubrirte, y gracias por el puente.
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