sábado, 15 de agosto de 2009

I´m Yours in MDQ (II)



Abrí la puerta del depto y me sentí cual manteca en heladera: me estaba poniendo cada vez más dura. La portera debe estar padeciendo algún tipo de sordera asociativa: en vez de las estufas, me había encendido el calefón. Rauda, antes de que el congelamiento atacara mis pocas neuronas activas, emprendí la lucha cuerpo a escafandra con la vieja emegé del living. Dado que hacía el mismo frío fuera que dentro, y mi estómago maullaba cual gato en celo, desandé por Mitre las cinco cuadras que me separan del centro.

Mar del Plata es uno de los pocos lugares en el mundo, donde estar sin auto, no me causa ataque de pánico. Eran las nueve y media de la noche. Me dispuse a distraerme con mi MP4… y me percaté que me había olvidado los auriculares. Compré unos en el shopping, una hamburguesa en Mc Donlad’s , un buen malbec en una rotisería, cigarrillos, chocolates y volví al depto diez y media. Fantástico. Todo lo que necesitaba para pasar la noche sola en casa. Un punto más para La Feliz. En que otro lugar del mundo uno encuentra todo eso en solo una hora y rozando la medianoche?

El calor había ganado el ambiente… solo faltaba dejar entrar la luna marina. Apagué las luces, corrí las cortinas, me serví una copa, un pucho y a mirar el mar. Mi mente inquieta no tolera mucho los instantes contemplativos, así que enseguida empecé a discutir conmigo si me rendía a las aventuras de Langone o a mi propia imaginación en la notebook. Ganó lo primero. Maldición, soy fácilmente sobornable conmigo misma. En medio de mi lectura me llamó Nina y luego Flavia. Mis dos amigas que velan por mi bienestar a la lejanía. Hablé con mis hijas, preocupada porque era la primera vez que se quedaban solas en casa… estaban más que felices. Cerca de las doce, me ganó el run run marino, el tinto en la sangre y me fui a dormir. Venía de meses de acostarme 3 de la mañana y levantarme a las siete ininterrumpidamente.

Las diez me despertaron con sol y cielo despejado. Fiel a mi estilo deportista que solo se espabila en La Feliz, me apilé todo el guardarropas y salí a correr… y entré nuevamente a sacarme capas cual super héroe acalorado. Munida de vincha para sostener en su lugar los auriculares, me lancé a los confines marplatenses bordeando la costa, que amable, guardó el viento en la arena para hacerme gozar el paisaje sin empujones. Con Bublé y Jason Mraz susurrándome al oído, llegué casi sin darme cuenta a cinco kilómetros de mi hogar. El premio? Volver por la playa, caminando lento, descalza y en musculosa.

Es extraña esta ciudad. Durante muchos años la amé con locura. Después la odié con la misma pasión. Mi empobrecido bolsillo, después de mi separación, hizo que tuviera que cambiar Mar de las Pampas por MDQ otra vez. Volví este año con menos ganas que dinero, pero es la cuarta vez que me atrapa este año. Fin de año con amigos y Nina, caipirinhas e hijos, luego vacaciones en las extensas playas de La Morocha con Sandra y familia… Semana Santa con un efímero y divertido amor localista y este finde sola… la ciudad, el mar y yo arreglando asuntos pendientes.

La tarde me encontró recostada en una roca de amable inclinación justo enfrente de casa y mis pies felices ahuecando la arena. El clima acorde cual publicidad de Quilmes, el mar planchado como las sábanas de hilo egipcio de la abuela, el cielo con el color que mis ojos envidian, y el sol hermanándome en mi nombre. Solo me faltaba un faso y un vino. A cambio, tenía música y fruta. Todo no se puede. Gente a más de 50 razonables metros, perros cuzcos histéricos acallados por el volumen de mi música y el libro esperando en mi mochila. La batería de mi mp4 dio la alarma para girar sobre mi misma, ponerme de espaldas a Febo y rendirme a la divertida escritura de Gustavo Guerchi que rehúye a su identidad a cambio de su alter ego Pato Langone. Más risas y una brisa que me recordó el buzo que usé de almohada.

Ducha y derechito a Güemes caminando. La bodeguita del medio casi casi que me seduce con un tequila… al que renuncié en pos de volver a casa y rendirme a escribir.

El domingo fue como un bis deseado y de yapa. La vuelta, sin sobresaltos. Buenos Aires, igual de iluminada, celosa y despejada. Mis hijas, hermosas, amadas y con la casa limpia, me esperaban en casa. Gracias, Mar del Plata, una vez más, por acariciar mi alma, aunque sea, un ratito, en pleno invierno y con clima de amigos entrañables. Ganaste mi corazón de por vida.

I’m yours:)



Llegué a aeroparque 45’ antes de la partida. Amo los aeropuertos. Todo huele bien, el clima es agradable, la gente de buen humor, los que atienden impecables. Volar, en todas sus formas, me encanta. Despaché el equipaje y me dispuse a pasear por ahí.

Hay una sucursal de Yenny que no recordaba haber visto antes en el pre embarque. Recordé que un amigo de Match a quien aún no conocía en persona, había escrito un libro que no encontré en las sucursales que lo busqué. Venía con buena estrella, así que decidí probar. Tenía lectura para el fin de semana, pero mis ganas de divertirme fueron más fuertes. Había intercambiado un par de mails con él y realmente escribía muy ácido y bien. Era de los míos. Bah, era mejor que yo sin dudas. Pero no recordaba su nombre ni el del libro.

Solamente que el personaje se llamaba Pato Langone y así lo tenía en el celular. Lo llamé. Me atendió. No le dije ni hola, creo, solamente “cómo se llama tu libro?”… silencio. Después de unos segundos me dice “te lo puedo regalar si querés”. Pensé “a menos que estés en aeroparque munido del libro, no gracias”. Pero me limité a decir “Daleeee, decime como se llama, estoy acá en la librería y con el avión a punto de salir!”. De mala gana, me dijo “Ahora me toca a mí”.

Corté sin más y me dirigí al librero sin intenciones de perder tiempo. Le dije el nombre del libro, me miró con cara de “no se si existe”. Estaba claro que no era un best seller. “Estoy segura que lo tenés, buscalo”, le ordené. “Como se llama el autor?” “No sé. Si me lo decís me voy a acordar.” “Es una mujer?” A menos que se haya travestido y pasado una lija por las cuerdas vocales creo que no, pensé. “No”. Buscó en la maldita PC y me dice: hay uno!!!! Decime donde puede estar y lo busco. Lo encontré al toque. Me fui feliz una vez más en el día.

Cuando me disponía a sentarme vi la perfumería a modo de free shop pero con impuestos. Los perfumes ejercen sobre mí una atracción fatal. Me deleité un rato pero después pensé: mejor se lo pido a Adri que tiene que viajar a Brasil por laburo. L’eau par Kenzo es mi favorito y me dura menos que una botella de Coca.

Me alejé de la tentación y me dispuse a esperar leyendo el libro. Ya en la primera página me cagué de risa. No me había equivocado. En la contratapa rezaba: “Si se animó a vivir en la Argentina, no podrá dejar de leer este Best Seller” Estaba claro que no había resultado tal. Pero debería serlo. Misterios de la bibliografía. La gente que había alrededor me miraba intrigada. No me importó. Me reía sonoramente. No lo esquivo a curvar los labios y el onomatopéyico ja ja ja, cualquier pelotudez me causa gracia, pero el tipo era genial.

Me puso un poco de mal talante cuando escuché a la mina con voz de orgasmo que anunciaba mi vuelo. Me reanimó el hecho de estar más cerca de un fin de semana sola en la feliz obviando la ruta. Me encanta manejar de noche y sola, pero mi ansiedad piensa otra cosa. No pude evitarla, de todos modos. La despertó un boludo que no acertaba a encajar su equipaje en el mínimo recoveco y demoró toda la fila. Detesto subir y bajar del avión con toda esa gente parsimoniosa. De buen grado empujaría cual barra brava y caminaría sobre los asientos para bajar o subir primera. Pero no sería bien vista, eso está claro. El tarado no entendía el lenguaje universal del bufido fuerte y sonoro. O no le importó. Daba lo mismo.

Finalmente me senté en la ventanilla 5F. Amo ver la ciudad desde arriba. Todo parece puesto para una fiesta y solo para mí. Desde el aire no se ve la mugre, ni la indigencia, ni el tráfico, ni los chorros. El despegue es un orgasmo. Unas putas nubes desubicadas no me dejaron deleitarme más allá de cinco minutos. Recordé el libro. Lo saqué de la mochila mientras la azafata, cual mimo en desuso, sacaba la mascarilla y hacía señas para mudos que no le importaban a nadie.

A los 20 minutos el avión se empezó a sacudir un poco. Qué bueno, siempre me habían tocado vuelos aburridos. Si se estrellaba, al menos iba a salir en los diarios. Espero que mis amigos recordaran la promesa que me hicieron de hacer una fiesta en mi velorio, con chistes, canciones y un lunch con buen tinto. Había estado leyendo un libro que se llama “Muchas vidas, muchos maestros” y trata sobre la reencarnación. Me entusiasmaba la idea de pasar al level two y encontrarme con los maestros… a ver que tenían para decirme.

La chica que viajaba al lado mío no compartía mi mortuorio parecer. Se empezó a poner nerviosa y me dice “tengo pánico”. Ya me di cuenta, pensé. Respiraba profundo y agitada, sostenía el apoya brazos como si fuera un resto del Titanic y necesitaba imperiosamente expresarlo en voz alta. Me compadecí un poco, a pesar que me distrajo de mi lectura y pensamientos. Tres tareas para una mujer es mucho. “Hacé de cuenta que vas por el empedrado en un Citroen 3CV modelo 70” le dije. Se sonrió a medias. El avión se estabilizó otra vez, para su suerte. No tenía ganas de hacer sociales así que seguí enfrascada en mi lectura. Si buscaba cómplice para sumar miedos, se equivocó.

Llegamos al aeropuerto y tomé el primer taxi que vi. Un Duna con empirismo oxidado. El pasado del chofer tampoco parecía bueno, a juzgar por su look. Luché con la puerta trasera que parece un botón de inodoro por la profundidad que hay que aplicar en la presión. Le dije “Patricio Peralta Ramos e Hipólito Irigoyen.” “Qué?”
Ufa, no se llevaba bien con los personajes históricos. “La costa y Libertad” sintenticé. Rogaba que la portera de al lado hubiera escuchado el mensaje que le dejé pidiendo que me prendiera las estufas del depto. Hacía un frío digno de Ushuaia pero con humedad Marplatense y dudaba seriamente que al lavarropas tuneado de negro y amarillo le funcionara la calefacción. Gracias si podía dejarme en destino sana y salva.

El tipo encaró la ruta dos y siguió de largo en Constitución. Dónde me lleva este pelandrún con cara de secuestro? No me seducía la idea de rodar por el asfalto en primera instancia así que le pregunté “Por qué no doblaste?” “Es más seguro si voy por Libertad” Y más largo, pensé. “Aparte, hay menos semáforos”. Bueh, eso me convencía más. Pero a juzgar por el descampado circundante, y sus ojos con ganas de darme por el retrovisor, seguía sin sentirme para nada a gusto. Discutirle no me pareció una buena idea así que le dije “es que quería ver el mar!!!”. El émulo local de Bin Laden me respondió “Sos como China Zorrilla”. No me atreví a discutirle, la mina me encanta, pero está indudablemente más cerca que yo de verle la cara a los Maestros del más allá. A China Zorrilla también te la empomarías? Pedazo de pajero. Decidí, por mi bien, no manifestar mi clarividencia en voz alta.

Respiré por primera vez con placer cuando me dejó en la puerta de casa. MDQ me recibió con luna llena en el mar en el preciso instante que bajé. Esta puta ciudad parece un amante abandonado que intenta seducirme a toda costa. Desde que la cambié por Mar de las Pampas hace lo imposible por mostrarme sus encantos. A veces lo logra. Aunque sea un polvo de fin de semana.

Las Otras: La Loca


Nada como alejarse de todo y pasar un fin de semana en la costa… sola. Todo salió como en las películas pero sin macho a la vista.

Tal como se había planeado de antemano. El viernes laboral transcurrió sin mayores traspiés. A la mañana, auditoría a la Dirección de la empresa. Confieso, que después de la reunión de auditores con redacción del informe como programa de jueves, la cosa no pintaba bien. Discutí como loca en mis mejores épocas con mi amigo Beto, Responsable de Calidad, que se encaprichó en no levantar una No Conformidad a uno de los Directores de la Empresa. Terminé cerrando mi notebook como desquiciada, diciéndole que entonces, el informe y la auditoría pendiente a la Dirección vaya él, y que haga lo que carajo se le cante el orto. Volví después de una vuelta a la manzana y dos cigarrillos devorados cual incendio en estación de servicio.

Me senté nuevamente a la mesa, con cara de póker y reina ofendida en un solo gesto. Detestaba haber pasado por loca una vez más. Mis años de terapia, yoga y metafísica como bollo al tacho en dos segundos. Mi rol de auditora comprensiva e inmutable otra vez manchado cual libro con kétchup. Algo me decía que tampoco sería la última que Beto me saque de quicio en su rol inapelable de Hitler vernáculo pero rubio y sin bigote. Recité todos los epítetos descalificativos que se me ocurrieron, repetidamente cual lora desplumada durante toda la vuelta manzana. Encontré en la puerta de las oficinas a Javier, otro auditor cabrón y descreído como yo, en la misma situación. Pucho en la mano y cara de impotencia. Nos miramos de lejos y nos empezamos a reir a carcajadas.

Concluida la maldita reunión, bajé encomiada a mi notebook a imprimir evidencia para afrontar el viernes sin apelaciones de la contraparte. Encontré sobre mi escritorio, prolijamente colocado, un cartoncito que decía “feliz día del amigo” y un sobre con gel íntimo pegado a un costado. Me di vuelta para mirar a mi jefe, que me dice divertido, que me lo había obsequiado nuestro jefe común: el gerente comercial. Tampoco me animé a preguntarle para qué. El papel de boluda total me sale bien.

Al otro día, cuando bajé a saludar a Beto, me dice “soñé toda la noche con vos” Estuve tentada a preguntar qué, pero no se si quería enterarme. Nos reimos, le dije que lo quería igual -cosa realmente cierta-, y me fui con Javier a auditar a la dirección. Obvio que el informe incluyó el párrafo que él quería sacar, no como una no conformidad, sino como oportunidad de mejora, porque lo agregué a la noche cuando me envió el informe. Como suponía, al Director en cuestión, no le importó nada el punto controvertido y me dijo “hacé lo que quieras”. Batalla ganada en primera instancia. Salí feliz pero aún sin perdonarme “el desliz” del día anterior. Detesto perder los estribos, la montura y el caballo todo de un mismo saque.

Fui a almorzar con mis jefes y mi compañero de equipo. Cuando les estaba contando las novedades, entre risas y metiendo el bocadillo con calzador, el gerente comercial suelta sin más: “¿Cómo no se va a dar cuenta? Es como que vos no te des cuenta que te estoy tirando los perros”… mi jefe lo mira y le dice “volcaste”. Yo me rio, levanto las cejas, meneo la cabeza de un lado a otro y dejo que la charla siga sola. “Era una joda”, dice, como si hiciera falta aclarar la situación. Tercer “no quiero enterarme” en menos de 24 horas. No hacía falta. Básicamente por tres motivos: el gerente comercial me hace cagar de risa todos los días, está rematadamente loco y ni en pedo me metería con un compañero de trabajo… no más.

La tarde fue más que divertida, una de mis preferidas, para hacerme olvidar el mal trago del día anterior. Diego, mi jefe; Lean, mi compañero; Javi, Beto, Julio y Seba en mi oficina hablando de obscenidades en mi presencia. Algo habitual y que me encanta: que los hombres obvien que soy mujer y hablen como si estuvieran solos. A cada uno que entraba a la oficina atraído por las carcajadas, le espetaban sin más y ante el respetuoso silencio general: “a vos te calienta que dos minas se besen?” Seba fue el único que objetó y dijo: me da asco. Inmediatamente, ante el público hostil por su respuesta aclaró: bueno, si están en bolas, en una cama y están buenas es otra cosa, ahí sí”. Mentalmente pensaba: boludo, si están en bolas son travestis, no minas. Pero no dije nada.

En un momento Javi hizo el comentario de rigor: Che, está Sol, bajen un cambio. Mi jefe respondió sin dudarlo: Sol, a esta altura, es un pibe más. Gracias Diego! Lejos de ofenderme, lo banco. Esas charlas me proporcionan mucha info. Info al pedo, porque al momento de aplicarla, me va para el orto. Pero me divierten sobremanera y eso vale.

Como siempre sucede, todo comenzó con una charla seria: que harían si tuvieran un hijo puto. Diego soltó: lo cagaría a trompadas. Y ante mi mirada censora, acotó: yo tengo una teoría. A ver Freud, fue mi respuesta. La verdad, es que su teoría, para sus nulos conocimientos de psicología, era más que acertada. Recitó a Lacán como si fuera su discípulo sin nombrarlo. Inobjetable. El pibe es inteligente, además de mi ídolo. Bien por Diego. El concepto lacaniano en cuestión es que la función paterna debe sacar al hijo de las fauces abiertas del cocodrilo materno. El no lo expresó con esas exactas palabras, pero describió muy bien su función como padre.

Ahora, como derivó todo en las minas matándose, no lo recuerdo. Se hicieron las seis… mi avión me esperaba. Bajé a la cochera para sacar los petates del auto y disponerme a esperar el taxi. Me encontré con mi jefe y el gerente comercial. Raudo, baja del auto un paquetito de forros y me lo dá. Tampoco le pregunté para que tenía eso en el auto siendo casado con hijo. “Ya tengo, gracias”, “cuidate nena y pasala bien” fue su respuesta. Casi paternal. Mis compañeros me cuidan cual hija boba. No quería explicarle que planeaba pasarla sola y escribiendo. No hacía falta, no me iban a creer.


Las Otras: La Vieja


Quiero oir a un viejo que esté orgulloso de ser viejo. Que le gusten sus arrugas, que disfrute de la lentitud, que ame a su mujer, vieja, como él.

Quiero encontrar a un viejo que diga: yo quiero estar acá, justo donde estoy. En el final de mi vida. No quiero nada más.

Dejé de desear hace mucho tiempo. Por eso soy feliz. Ya no tengo deseo. Lo vivo. Nada más puede satisfacerme porque ya estoy satisfecho.

No voy a añorar este mundo, el pasado, ni a mi gente. Porque se que eso no puede quitármelo nadie. Lo he vivido. Lo he sufrido y lo he disfrutado hasta aquí. Pero ya no más.

Soy feliz. Solo un deseo; el último, como mortal:

Que después de esta, venga otra mejor. Quiero pasar al level two.

Quiero encontrar a un viejo, que esté orgulloso de ser viejo.

Quiero ser esa vieja.