Una banda, según wikipedia (hay algún otro de consulta más popular?) reza:
. Banda: Unión de clanes que dejan de ser nómadas y se convierten en sedentarios.
. Banda: Sinónimo de pandilla.
. Banda: grupo de delincuentes armados.
Sin mentir, las tres acepciones nos cuadran a la perfección. Aunque para calmar ánimos paranoicos, los que van armados son los niños, con toda clase de aparatos intergalácticos, espadas de globos largos, y cornetas de cotillón. Y el adjetivo de delincuentes lo ganaron en buena ley, paradójicamente, si hablamos de transgredir reglas impuestas por los adultos. Pero ellos, fueron los últimos en incorporarse y quienes ahora, se llevan todas las atenciones. A decir verdad, nosotros también tenemos algo de cacos. Tomamos por asalto varias casas, pero munidos de gaseosas y empanadas que con el correr de los años se convirtieron en alcohol y pantagruélicas cenas.
Excepto yo, que ya tenía dos planes femeninos adjudicados por aquella época, a los demás los conocí en pleno jolgorio de juventud. Nos definió la heterogeneidad y nos unió la diversión sin excusas. Estaba pensando en un origen… pero es un poco como la historia del huevo y la gallina. Así, que a falta de integrantes en este momento que opongan objeción (todos tenemos el ego muuuuuy elevado) empezaré por mi.
A Claudio, quien muchos años después se convertiría en mi pareja por diez años, lo conocí en Mar del Plata. Era yo una escuálida popotitos de 15 años, ávida de amistades masculinas, ya que toda mi historia escolar transcurrió entre monjas y proyectos de mujeres. Ese año, en vacaciones, estrenábamos con mi familia un departamento en planta baja frente a la playa. Claudio también era un feliz propietario del segundo piso y con él, muchos otros de por allí que ahora no vienen al caso. Mis padres estaban algo preocupados por mis nuevas amistades, todas masculinas, que sumaban en total unos 14 o 15 integrantes. Y yo, demás está decirlo, estaba más que feliz.
Pero a las doce de la noche, indefectiblemente, me hacían entrar a casa. Pasé un par de días así, hasta que descubrimos, que la ventana de mi cuarto, a continuación de la cocina, daba a un patio que tenía una pequeña ventana a la escalera del edificio. El buen muchacho, en vez de salir por ahí a disfrutar la vida, se quedaba largas horas charlando conmigo a través del precursor Windows de cemento en voz baja hasta bien entrada la madrugada. Claudio fue también quien un día, me desafió a pasear por las playas de la Perla, él con traje y yo con vestido de fiesta, a las cinco de la tarde, y ante las miradas extrañadas de los veraneantes, que no entendían muy bien si habíamos bebido tan temprano o estábamos promediando una fiesta anterior. En esos tiempos, hacer el ridículo era toda una osadía que nos divertía sobremanera.
El caucho quemado de las cubiertas del Falcon Sprint de mi papá, también lo tienen por responsable, ya que fue él quien me enseñó a hacerlas chillar lo suficientemente lejos del oído paterno. Con él, me enamoré del teatro por primera vez, con Les Luthiers por testigo y de regalo de cumpleaños. Vimos lunas y amaneceres por igual en largas tertulias escabrosas, y ante la presencia espantada del monumento a Alfonsina Storni que quería huir a toda costa. Se suicidó muchas veces en esos veranos.
La amistad continuó luego por Buenos Aires, donde le presenté a todo el rosario de proyecto de monjas dispuestas a abandonar hábitos y mañas; y él, a los industriales suyos, ávidos de cambiar artefactos de hojalata por “máquinas” de carne y hueso. Fito (Marcelo Vaccaro, reconocido bajista en la actualidad y pura promesa de hombre allá por el ’84) apareció una noche, en un cumpleaños de Gaby. Ambos, llegaron munidos de un cassette de Sandra Mihanovich a modo de obsequio. Algunos recordarán que la famosa tapa de ese disco la mostraba con los rulos húmedos en blanco y negro. Llovía esa noche, y el cassette estaba literalmente empapado. Deslindaron responsabilidades diciendo que Sandra insistió en bañarse antes de partir de Versalles a Lanús. Que intentaron convencerla que no, pero que siempre las mujeres se salen con la suya. Cosecharon carcajadas por doquier, ya de entrada.
Fito es capaz, aún hoy, de recitar de memoria teléfonos de mis compañeras que ni yo recuerdo, la formación del River del `75 y la lista de sus compañeros de secundario sin respirar y de un saque. Es la contracara del personaje de la película Memento. En su juventud, lucía una cabellera como Michael Jackson en sus comienzos. Canas y años después, a un músico más vernáculo: Piero. Hoy, ya con el pelo corto y color natural, el naranja que ostentó alguna vez a modo de fósforo, lo luce en zapatillas y remeras. Y en el corazón, la misma alegría.
CONTINUARÁ.

No hay comentarios:
Publicar un comentario