Desde el Medioevo, a las reuniones de mujeres se las ha llamado despectivamente “noche de brujas”, y si no, pregúntenle a Juana de Arco, pionera de las estufas Longvie. Incluso en la “madre patria” de Lanata, hay un día al año destinado a tal fin.
Confieso que, fiel a la cultura misógina que transité años atrás, las reuniones femeninas no me resultaban particularmente atractivas hasta que las conocí a ellas.
Tenía ciertos prejuicios al respecto, ya que, pensaba yo, invariablemente los temas a tratar eran: chusmeríos de ausentes, quejas de los hombres de turno, de los niños, dietas y moda. Reconozco también, que allá por mis veintitantos, y habiendo conocido a mi cuñada de entonces, no me parecía para nada desacertado el término de “brujas”.
Así que, cuando Nina nos propuso a Flavia y a mi reunirnos con sus amigas, no llevaba expectativas en los bolsillos. De vez en cuando la vida, diría Serrat.
Llegamos a la casa de Pao, y mientras transitábamos el largo pasillo hasta el fondo, mi humor mejoraba notablemente y sin motivo aparente. Hay lugares que me producen sensaciones que no pasan por la razón. Hay climas, que nada tienen que ver con la meteorología, que abrigan de entrada. El hogar de Pao y Lore, es uno de ellos.
Pao es una musa de aires marinos. Y produce los mismos efectos. En eso debía estar pensando el morocho que se le acercó aquella noche en Buzios, quien seducido por su belleza y embriagado por el alcohol, creyó ver a Iemanjá, la diosa del mar, en persona. Lástima que no llegó a enterarse que años después, ella usaría ese nombre para su empresa de catering (http://www.iemanjacatering.com.ar)
Decir que cocina como los dioses, aún no le haría justicia. Porque ella es mucho más que su buena mano para los placeres culinarios. Alguna vez le llamé terrorista de los sentidos, pero me bocharon el término por sus connotaciones violentas. Claro está que esa no fue mi intención, pero miren si no: bella a la vista, de palabras más dulces que sus postres, abrazos que calman dolores y humores, aromas que despiertan estómagos dormidos y platos que invitan a abandonar la dieta sin culpas ni resquemores. Una musa, de todos los sentidos.
Lore, su hermana, es la benjamina del grupo. Verla me hizo acordar a Flavia en sus veinte. Tiene la misma cabellera larga, rulienta y rebelde y esa actitud “del mundo del mundo es mío” bordada en su sonrisa de niña adulta. Quién sino ella pudo convencerme este verano de pisar una pista de baile, luego de un largo día de playa con cena afuera incluida y mis pocas ganas de ruido electrónico a cuestas. Sin duda, su alegría manifiesta, le abrirá muchas puertas reacias al resto.
La reunión comenzó con Leo sentada en una silla en el patio y hablando de temas cotidianos. Su mirada desnuda verdades aunque uno no quiera. No lo dice, pero estoy convencida que ella ve pensamientos ajenos con esos ojos profundos y misteriosos. Ve otras cosas también que los demás no.
El encanto de Leo pasa por contar historias. Su voz grave, segura y pausada, carga el ambiente de una mística especial que silencia al resto. El único motivo para dejar de comer y pasar a la sobremesa, lo genera ella. Ansiamos ese momento con la misma urgencia que un niño su cumpleaños. Maneja pausas y sentimientos con la misma facilidad que un músico su violín. Sabe cuando dejarnos reir a carcajadas mientras ella llora vivenciando al límite su relato. Nada la intimida ni la corre de su centro.
Ni siquiera los gritos agudos que emite Mariela para expresar su incontenible alegría a modo de risa. A Marie y a mí, nos une la misma imposibilidad de mantener la compostura ante algo gracioso. Hemos caído al suelo, chocamos cabezas de puro torpes nomás, y literalmente, nos hemos retorcido de risa juntas, en cuanto evento de nuestras vidas nos tuvo por participantes coincidentes. Hemos sobresaltado gente, obligado a actores a pausar monólogos y contagiado escépticos ante el tenor y la duración de nuestras carcajadas interminables. Marie tiene su corazón prendado irremediablemente de un solo macho: su perro. Flaco y ágil como pocos. Fiel y cariñoso como ninguno. Dos amigas del alma: Nina, su cuñada y Pao, hermana de la vida. Y un hombrecito rubio y pequeño que derrite sus menudos huesos cada vez que la llama tía: Pablito, el dulce retoño de Fito y Nina.
Si no fuera porque Sandra trabaja en el laboratorio con Nina, hubiera jurado que era una musa hippie y fugada de un cuento infantil. A veces imagino, que después de nuestras reuniones, vuelve volando montada en una alfombra a su casita de chocolates y obleas dulces. Deberían oírla hablar de la magia con que describe bosques, cabañas y lunas de Mar Azul. Y ver sus ojos cuando se pierden en la inmensas playas del sur de MDQ, que este verano tuve el honor de compartir con ella y su familia. Tiene en su sonrisa la inocencia, la alegría y el entusiasmo de Mary Poppins y en sus ganas, las ansias de juego, de un niño al despertar.
Una vez más, he debido arrojar, sin extrañarlos para nada, mis prejuicios a un costado. Mis amigas de los jueves, no son brujas. Son hechiceras. Porque con sus encantos, cautivan a cualquiera, incluso, a las más escépticas. Nuestras reuniones, no se alimentan de chismes ni quejas cotidianas, solo nos concentramos en fantasmas amigables, vidas pasadas y curaciones mágicas. Y en el pan nuestro de cada día.
Las quiero amigas, gracias de corazón y muy feliz día. Un enorme placer en todos los sentidos haberlas conocido.
miércoles, 22 de julio de 2009
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1 comentario:
Gracias por tus piropos para lamuertenoesparatanto.blogspot.com. Calculo que tambien te divertira mi blog http://siemprelibreconalas.blogspot.com.... ¿ Sos escritora? Excelente y tierna tu reseña del aquelarre entrañable...
besos
Ana von Rebeur
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