miércoles, 22 de julio de 2009

The San Blas Band (II) Conoces a Black Jack?

Años más tarde, ya divorciada, mientras Fito manejaba los bajos en los escenarios de la Guardia del Fuego, Fito Páez, Fabiana Cantilo y Lerner; Claudio y yo nos encontrábamos a las cinco en el Mc. Donalds del Paseo la Plaza para mezclar con café, la espera de mi entrada a teatro.

Claudio ya era un hombre de fierros y un amigo del mismo noble material. En esas fechas mechaba su vida marital con una lencería heredada de sus padres y sus publicaciones en Weekend. Claudio tiene el don de hablar de autos como si lo hiciera de mujeres que ama. Su gracia, su pluma Times New Roman, su pasión por Cortázar y la belleza de los paisajes que lo vieron pasar raudo, son su carta de presentación. Cosecha más amigos que soja en todo el país. Nunca oí a nadie hablar mal de él. Tiene un solo defecto: es muy exigente, pero solo con él mismo. Tiene una gran virtud: cualquiera que lo conoce lo ama. Incluso yo, aún separados, se que una parte de mi corazón, será suya por el resto de mi vida (segunda parte cursi aparte de Flavia).

El me acompañó, me hizo reir, me instó a crecer y a mejorar desde mis 15 años hasta hoy. Estuvo conmigo en lo fácil y complicado. Y se sacó muy bien 10. Se positivamente, que de acá a que me llame la parca, contaré con él cuando lo necesite. Y él sabe también, que puede contar conmigo.

Después del mítico día en el bar con Flavia, nos hicimos amigas. El jueves siguiente propuse seguir “la clase” en mi departamento del piso 15 de la calle Quito. Las cinco de la mañana nos sorprendió a 20 almas (el cuerpo ya estaba exhausto), cantando el himno nacional a viva voz y emocionados… hasta que el “extranjero” vecino del piso 14 nos vino a golpear la puerta con cara de “exijo dormir ahora mismo”.

Con Silvio no empezamos del todo bien. Su primer comentario a Flavia sobre mí fue: “no me gusta demasiado que te juntes con ESA… “Mini” (mini es el apodo que se dicen mutuamente)”. ESA era yo. El día que se lo dijo, en un cantobar, lucía yo una sobria camisa de volados blanca, anudada a la altura del busto, una mini de cuero negra de no más de 30 cm, medias de red al tono y unas botas con solo diez centímetros de taco y que recatadamente me llegaban a la rodilla. Mal pensados hubo siempre .

Lo cierto es que, lejos de una actitud erótica, estaba yo encantada, por primera vez en mi vida, de mis tetas y mis piernas. Ambas, por delgadez, me habían dado mucha vergüenza en mi adolescencia. La maternidad me había sentado bien en el busto y la moda de flacas extremas me reconciliaron con mis piernas de Olivia y las mostraba orgullosa.

Yo en cambio, lo quise desde el primer momento. Silvio es gracioso, aún cuando está enojado. Y sus enojos son de lo más pacíficos. Se vuelve implacable cuando algo le sale mal. Incluso jugando. El 99% del tiempo es un optimista nato. Para él, las cosas pueden salir de una sola manera: Excelente. Pero trabaja mucho y muy duro para eso. El azar y él, no se llevan del todo bien. Él siempre gana, y pone todo para que eso suceda. Silvio es mi actor favorito sin dudas. Al igual que el Gordo Casero y sin nada que envidiarle. Estilos muy distintos que me hacen reir sobremanera. Tiene esa picardía de pibe de barrio con la cual, todos se sienten identificados. Su obra, “yo me quiero matar, y ud.?” que estuvo tres años en cartel, me tuvo de feliz espectadora con asistencia perfecta. El fanatismo hizo que fuera ida y vuelta en la misma noche a Pinamar con Claudio, sólo para verlo. Como ya terminó, ahora la veo en DVD… y me sigo riendo. Flavia y Silvio son parte de mi familia. No me imagino la vida sin ellos. Como tampoco me la imagino sin el resto de “La Banda”.

Christian y Silvio se conocen desde la más tierna infancia que los vió crecer en Caseros y peligrosamente cerca de Fuerte Apache. Pero más fuerte es la amistad que los une. Cruzan sus ojos claros e inevitablemente cae un chiste y levantan sonrisas presentes. Viven, ahora, en mismo piso de San Blas y Bermúdez, un poco más lejos del Fuerte, y más indios que nunca. Chris, niño eterno, sensible y ocurrente; es gracioso, lindo y torpe por igual. En cuestiones de actuación, él fue el precursor indiscutido de La Banda. En sus años mozos, cuando aún algunos no habían debutado como corresponde, él ya ostentaba un club de fans. Hemos ido a tocar muchas puertas por encontrar un tape de su paso de playback dancer de Música en Libertad. Él jura ante Dios y los hombres, que Alejandro Romay en persona, le ofrecía servicio de guardaespaldas para cuidarlo de sus fans.

Adri es todo a lo que una mujer del 2000 aspira. Contadora con cuadro de honor incluido, blonda, linda, exitosa en todo lo que emprende (incluso con sus hijos que son bellísimos)… y un extraño y delicioso cóctel de rubias famosas: Susanita de Mafalda, diva como Giménez (30 años atrás y sin Roviralta) y con comentarios dignos de Maitena. Adriana siempre supo, que para que las cosas salgan bien, hay que planearlas con tiempo. Algo simple, que todo el mundo parece saber, pero ninguno de nosotros aplica.

Por eso, en su día de bodas, ella estaba un poco nerviosa, si, es cierto, como todas las novias. Pero segura que todos los detalles habían sido tomados en cuenta. En eso pensaba, para relajarse, mientras la chica de la manicura le terminaba “la francesita” en sus uñas cuidadosamente limadas. Todos menos uno.

Chris, mientras tanto, se terminaba de vestir a los apurones en su hogar de Caseros. Se miró al espejo, de un costado, del otro, se paró derecho y sonrió con ganas para sí mismo. Lindo guacho! Pensó. Dio media vuelta y se encaminó hacia su mesa de luz a agarrar la cajita con los anillos. Se había asegurado, esa mañana, para no olvidarse, de dejarlos en un lugar bien visible: al lado de la billetera y las llaves.

Vió primero la billetera, luego las llaves… billetera y llaves. No había nada más. Un escalofrío le corrió por el cuerpo. Estaba seguro que los había dejado allí. Alguien le había hecho una joda. Tenía que ser eso. Silvio! Pensó. Pero él no había estado allí en todo el día. Abrió el cajón. Nada. Miró el piso. Tampoco.

Listo. La llamaría a Adriana, ella seguro sabía donde estaban. Las mujeres siempre sabían eso. Agarró el celular y sin más, presionó la tecla verde.

La respuesta de Adri, ciertamente, no era la que él esperaba: “Christian, no podés ser tan
pelotudo!!! Si no los encontrás, no me caso.” Y cortó. Eso fue todo.

Ahí empezó a desesperarse un poco. Y con él, todos los que estaban por ahí. No había tiempo de ir a una joyería. Era sábado a la noche. Y estaba en Caseros, que no es precisamente Fifth Avenue, y en las esquinas más que joyerías abundan los vagos tomando cerveza en el cordón. Pero estaba el kiosco. Ese pequeño lugar en el que uno podía encontrar casi cualquier cosa. Un mapa de Argentina que lo salvó de más de un apuro en el cole, los cigarrillos a la una de la mañana, petardos a las doce menos cinco en año nuevo…

Se encaminó hacia allí y con la misma naturalidad que pedía profilácticos a veces, le soltó sin más: Tenés alianzas? El kiosquero, canchero en estas cuestiones, mientras miraba la última escena de una película de Bruce Willis en Duro de Matar 1 en la tele 14 pulgadas en blanco y negro, que tenía a un costado, y sin mirarlo, le dice: “Si, estas, pero son de plástico.” Damelás. Las guardó en su bolsillo y partió hacia la Iglesia.

CONTINUARÁ.

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