Cuando era chiquitita,
me miraba la cosita
y decía así:
para que carajo,
tengo yo este tajo aquí.
Ahora que soy grandecita,
yo me miro la cosita
y digo así:
viva la poronga, que alguien me la ponga, aquí.
Está bien. Convengamos que es un lenguaje soez (para los legos: “Lenguaje soez en latín es el vocabulario grosero, impúdico u obsceno del idioma latín y su utilización”…”El vocabulario obsceno del latín vulgar consistía principalmente en palabras sexuales y escatológicas” Fuente: Wikipedia.)
Convengamos también, que ninguna dama en sus cabales cantaría semejante “tema” en presencia masculina. A lo sumo, en reunión femenina, ya pasadas de copas y con edad suficiente para no sonrojarse a no ser por el efecto etílico, alguna se atrevería a recitarlo en voz baja y entre risas generales.
Conocí a Flavia haciendo teatro en el Rojas allá por el 96. Llegué yo allí luego de pelearme sistemáticamente con todas las mujeres que me rodeaban desde la más tierna infancia. Siempre tuve facilidad para las amistades masculinas y alergia recurrente a las de mi género. No era un problema mío, creía yo por ese entonces; sino que ellas, eran demasiado sensibles a mi crueldad manifiesta e inocente. Yo lo llamaba “sinceridad sin vueltas”. Así que lejos de decir “me parece que te queda mejor el vestido negro”, ante un atuendo por demás ridículo de mis congéneres, les largaba sin más “Que pasa? Llegó el carnaval negrita?”.
Cansada de salir siempre con amigos varones, que invariablemente proponían continuar nuestra amistad en la cama, me anoté en teatro. En busca inequívoca de mentes más abiertas y menos sensibles a las críticas.
La primera clase, en ronda de alumnos, la profe nos hizo presentarnos uno a uno. La consigna era, por demás predecible: decir el nombre y motivo por el cual estábamos allí. Cuando llegó mi turno, largué sin más filtro que conciencia: “yo me llamo Sol, y estoy acá porque me llevo mal con las mujeres”, con lo cual, me gané el odio instantáneo de todas las féminas presentes. O casi. Igual, nada de eso hizo decaer mi entusiasmo por el nuevo proyecto que tenía de ganar nuevamente amistades femeninas (las masculinas, las daba por hechas).
Finalizada la segunda clase, alguien propuso que nos fuéramos todos a un bar cercano de la calle Corrientes. De esos que abundaban en esa época, iluminados con tubos de luz blanca, mozos entrados en años, y un aroma característico, mezcla de cebolla, ajo y aceite barato en el ambiente. Juntamos mesas con voluntades y nos propusimos a degustar una pizza cada cuatro con gaseosa entre dos (los actores, desde el vamos, siempre tuvieron más aspiraciones que dinero).
En mitad de la amena reunión, dos chicas del grupo, se ponen de pie, suben a las sillas y siguen su paso por la mesa. Angie, quién más tarde se casaría con uno de mis mejores amigos (él sigue siendo mi amigo, pero ella, aún hoy me ahorcaría de buen grado) y Flavia; pequeña imagen de rulos negros y voz seductora e infantil; se miran a los ojos en pícaro entendimiento y comienzan a cantar al unísono la canción que describo al comienzo. Con más inocencia que erotismo, y ante el estupor del público presente en el bar, ambas recitaron de principio a fin tremenda verdad tabú a viva voz.
No recuerdo nada más. No atiné tampoco, a mirar a nadie. Esa menuda voz de ángel, su frondosa y rulienta cabellera que pesaba más que todos sus huesos en conjunto, captaron toda mi atención.
Supe ahí mismo que había encontrado a mi hermana del alma. Sé que suena cursi, pero así fue.
Flavia contaba entonces con 21 calendarios en el haber de la vida, y yo 28. Ella aún no había abandonado la casa materna y yo ya estaba divorciada y con dos hijas. Ella, ya hacía un año que había encontrado al amor de su vida, Silvio, quien hoy es su marido; y yo estaba a punto de convencer de lo contrario a Claudio, único amigo que durante 15 años ponderó nuestra amistad sobre el sexo y único también, gran amor de mi vida hasta hace un año y medio. Pero esa, es otra linda historia que algún día contaré.
Volvamos a mi amiga. Estuve allí cuando decidió irse a vivir con Silvio. Estuve también, cuando compraron su depto de San Blas. Ella fue la responsable de que abandonara Caballito por mi actual casa en San Blas a dos cuadras de la de ella. Y ella también es el motivo por el cual, ahora que tengo que venderla, prefiero cercanía a comodidad. Fui su madrina de casamiento en la ceremonia más hermosa, auténtica y emotiva que asistí en todos estos años. La fiesta, fue una fiesta con todas sus vocales y consonantes. Digna de un capítulo aparte y digna también, de un guión de comedia romántica que algún día escribiré.
De ella aprendí que franqueza implica también cuidado; que no es necesario enojarse para decir lo que uno piensa; que ser mujer no es un castigo sino una virtud, que sensibilidad no es sinónimo de debilidad sino de amor por el otro; y por sobre todo, que la amistad entre mujeres puede ser auténtica, contra todos mis pronósticos y mochila empírica al respecto.
Hoy, como tantas otras tardes, estuve en su casa compartiendo mates, anécdotas de la semana y trivialidades cotidianas. Y hoy también, como nunca había sucedido antes, me eligió para la titánica tarea de teñir su cabellera mientras yo mechaba mis aventuras masculinas con mi actual búsqueda de vivienda. En eso estábamos cuando arribamos a la conclusión (siempre finalizamos las charlas con una conclusión positiva sobre cualquier asunto abordado) que estamos rodeadas de gente linda, desprejuiciada y siempre dispuesta a pasarla bien. Una red humana de sólidas bases y estructuras flexibles a prueba de terremotos. Una red que se extiende, se afianza y siempre dispuesta a sumar nuevos integrantes. Nunca lo hicimos, pero si sumáramos amigos, compañeros de trabajo, de teatro y de la vida que compartimos, pasaríamos largamente los 100.
Nos dimos cuenta de cuánto habíamos crecido, madurado y compartido a lo largo de estos años. Yo le dije:
Sol: Por lo menos, los que estamos acá en esta casa, crecimos y cambiamos para mejor (en referencia a Silvio, ella y yo)
Flavia: (mirando a Uma, su hija perruna) Hasta ella, mirá, se convirtió de cachorra en perra adolescente en menos de un año.
Nos miramos. Y como siempre sucede en estos casos, empezamos a reírnos a carcajadas sabiendo desde el vamos el remate que vendría: Y nosotras, de cachorras a perras maduras (y más duras, porque empezamos yoga).
Dedicado a mi amiga Flavia, con quien mantenemos el récord absoluto de momentos memorables e intrascendentes compartidos. Y a Silvio, mi amigo-actor favorito que me hace reir hasta que duele. Y a Uma, única perra de quien acepto de buen grado besos obscenos en mis mejillas.
domingo, 12 de julio de 2009
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2 comentarios:
Cae telón.
Aplausos!
Gracias Mauricio! Perdón por el atraso, pero hacia días que no publicaba acá.
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